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La terapia de grupo no es un plan B

La terapia de grupo tiene tanta evidencia científica como la individual para la mayoría de trastornos mentales comunes. Sin embargo, sigue arrastrando el prejuicio de ser un recurso de segunda categoría.

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Llegas a una sala con ocho sillas en círculo y una jarra de agua. Te dijeron que la lista de espera para individual era larga. Entras con la sospecha de estar conformándote con menos. Veinte años de investigación dicen que no.

Ilustración editorial: sillas vacías en semicírculo en una sala de espera

La terapia de grupo no es un plan B

Llegas quince minutos antes a la primera sesión. La sala tiene ocho sillas dispuestas en círculo y, en una mesa al fondo, una jarra de agua con vasos de plástico. Tres personas ya están sentadas. Nadie habla. Hay un libro abierto sobre una silla vacía, marcando el sitio de alguien que salió un momento. Cuando te derivaron, el psicólogo te dijo que había una lista de espera larga para la modalidad individual y que el grupo empezaba en dos semanas. Aceptaste porque querías empezar cuanto antes, pero entraste con la sospecha discreta de estar conformándote con menos.

Esa sospecha es uno de los prejuicios más persistentes en salud mental. Mucha gente —pacientes, profesionales, gestores— asume que la terapia individual es el tratamiento "de verdad" y que la grupal es lo que se ofrece cuando no hay recursos. La evidencia acumulada en las últimas dos décadas dice otra cosa. No se trata de un recurso menor que se usa por falta de alternativas, sino de un tratamiento con eficacia comparable al individual para la mayoría de trastornos mentales comunes. El problema no es que la terapia de grupo funcione peor. El problema es que la seguimos tratando como si funcionara peor.

De dónde viene el prejuicio

La historia ayuda a entender la sospecha. Durante gran parte del siglo XX, la terapia individual se construyó como el formato estándar a partir del modelo psicoanalítico clásico: díada paciente-terapeuta, sesiones semanales, confidencialidad absoluta. La terapia de grupo apareció más tarde y, en muchos contextos, lo hizo asociada a entornos hospitalarios, programas de rehabilitación o servicios públicos saturados. Esa asociación dejó huella. Lo grupal quedó vinculado a la institución; lo individual, al consultorio privado.

A esa herencia se suman dos asunciones razonables pero erróneas. La primera: si en un grupo hay menos tiempo por persona, debe haber menos tratamiento por persona. La segunda: si tengo que hablar delante de desconocidos, el espacio será menos seguro y, por tanto, menos terapéutico. Las dos parecen lógicas. Las dos se desmontan cuando uno mira los datos.

Hay una tercera fuente del prejuicio, menos discutida. Los sistemas sanitarios y las aseguradoras han recurrido a la terapia grupal cuando el presupuesto se estrecha. Esa lógica de ahorro ha reforzado, sin pretenderlo, la idea de que el grupo es una versión rebajada del individual. Cuando un tratamiento se ofrece sistemáticamente como respuesta a la escasez, cuesta verlo como tratamiento de primera línea aunque la evidencia lo respalde.

Lo que dice la evidencia

El cuerpo de investigación sobre eficacia de la terapia de grupo es amplio y, en términos generales, convergente. En depresión, una de las áreas más estudiadas, los metaanálisis muestran efectos significativos y clínicamente relevantes. Janis y colaboradores (2021), en un metaanálisis sobre terapia grupal para trastornos del estado de ánimo, encontraron que la modalidad grupal es superior a la lista de espera y al tratamiento habitual, y equivalente a la medicación antidepresiva en el manejo de la depresión. Okumura e Ichikura (2014) llegaron a conclusiones similares revisando específicamente la terapia cognitivo-conductual en formato grupal, con efectos significativos sobre la sintomatología depresiva y buena aceptabilidad por parte de los pacientes.

Simmonds-Buckley, Kellett y Waller (2019) analizaron la activación conductual grupal en adultos con depresión y reportaron un tamaño del efecto estandarizado de 0,72, con un intervalo de confianza del 95% entre 0,34 y 1,10. Es un efecto moderado-grande, equivalente al de otras terapias activas individuales. El dato importante no es solo la magnitud, sino la consistencia: a lo largo de los estudios incluidos, el formato grupal no quedaba por debajo del individual cuando se comparaba en condiciones controladas.

En población mayor con depresión, Wang, Chen y Wu (2026) realizaron un metaanálisis en red comparando terapia de reminiscencia individual y grupal estratificando por gravedad. El resultado fue una diferencia estandarizada de medias de -0,03, con un intervalo de confianza entre -0,49 y 0,42. En términos prácticos, no hubo diferencia significativa entre los dos formatos. Los autores observaron, además, un matiz clínicamente útil: el formato grupal mostraba mejores resultados en depresión leve, mientras que el individual ofrecía algo más en los cuadros severos. No es que uno sea mejor que otro. Cada uno funciona mejor en un rango distinto.

El cuadro se mantiene cuando se sale de los trastornos del estado de ánimo. Burlingame, Svien, Hoppe y Hunt (2020) revisaron la eficacia de la terapia grupal en esquizofrenia y encontraron que, como complemento al tratamiento farmacológico, produce mejorías significativas en sintomatología y funcionamiento. Arnold, Burlingame y Rosendahl (2024) hicieron un trabajo paralelo con problemas de conducta en jóvenes y reportaron eficacia consistente del formato grupal. En ninguno de estos campos la terapia colectiva aparece como un sustituto barato. Aparece como un tratamiento con respaldo empírico propio.

Comparación directa: grupo frente a individual

La pregunta que más interesa al profesional y al paciente es la comparación directa. Cuando se enfrenta cara a cara la modalidad grupal con la individual en estudios controlados, ¿quién gana?

La respuesta más honesta es: ninguno gana de forma sistemática. Para la mayoría de trastornos mentales comunes —depresión leve y moderada, ansiedad, ciertos trastornos de conducta, problemas de adaptación—, los dos formatos producen resultados comparables. Esto no es una afirmación cómoda ni un brindis al sol. Es lo que se desprende de los metaanálisis que han hecho la comparación con metodología rigurosa.

El hallazgo de Wang y colaboradores (2026) es ilustrativo precisamente porque el intervalo de confianza cruza el cero y porque el efecto puntual es minúsculo. No hay evidencia de superioridad. Hay evidencia de equivalencia. Y la equivalencia, en investigación clínica, no es un resultado negativo. Es un resultado positivo para la modalidad que históricamente cargaba con la sospecha de ser inferior.

Hay un mecanismo que merece atención. Alldredge, Burlingame, Yang y Rosendahl (2021) hicieron un metaanálisis sobre la alianza terapéutica en terapia de grupo y encontraron que tanto la alianza como la cohesión grupal predicen el resultado del tratamiento, con coeficientes de 0,12 cada una. Esto importa porque uno de los argumentos clásicos contra el grupo era que diluía la alianza. Los datos sugieren otra cosa: la alianza se construye también en formato colectivo, y la cohesión grupal añade un factor terapéutico que la modalidad individual no puede ofrecer, simplemente porque no existe.

Aquí aparece la diferencia conceptual importante. No se trata de que el grupo sea una versión multiplicada del individual, con un terapeuta atendiendo a varias personas a la vez. Se trata de que el grupo activa procesos que no ocurren en la díada: aprendizaje vicario, normalización del sufrimiento, retroalimentación entre pares, sensación de pertenencia. Esos procesos no son adornos. Son ingredientes activos del tratamiento.

Coste-efectividad sin vergüenza

Que la terapia de grupo sea más barata que la individual se suele mencionar con cierta incomodidad, como si reconocerlo confirmara la sospecha de que es un recurso de segunda. Conviene invertir el argumento. Cuando dos tratamientos producen resultados equivalentes y uno cuesta significativamente menos por paciente atendido, la opción más barata no es la inferior. Es la más eficiente. Y en sistemas sanitarios con recursos finitos, la eficiencia no es un detalle administrativo. Es un criterio clínico.

Uttley, Stevenson, Scope y colaboradores (2015) hicieron una revisión sistemática y un análisis coste-efectividad de la terapia de arte grupal para trastornos no psicóticos. El resultado fue favorable: el formato grupal ofrecía una relación coste-efectividad razonable dentro de los umbrales aceptados por los sistemas sanitarios públicos. Hare y Graziano (2021) hicieron un trabajo similar examinando adaptaciones grupales de la terapia de interacción padres-hijos y concluyeron que las versiones grupales eran más coste-efectivas que las individuales sin sacrificar resultados clínicos relevantes.

Lo que estos análisis sugieren no es que el grupo deba sustituir al individual por razones presupuestarias. Sugiere que, cuando existe la opción y la evidencia respalda equivalencia, ofrecer formato grupal de entrada permite atender a más personas con la misma inversión de recursos profesionales. Eso, traducido a la práctica, significa listas de espera más cortas, más pacientes accediendo a tratamiento basado en evidencia y menos casos que se cronifican mientras esperan un hueco para terapia individual.

El argumento del coste, bien planteado, no rebaja a la terapia de grupo. Refuerza su lugar como opción de primera línea cuando el cuadro clínico lo permite.

Límites reales

El entusiasmo por la evidencia no debe oscurecer que la terapia grupal tiene límites. Conviene nombrarlos sin matices defensivos, porque son límites reales, no fabricados por el prejuicio.

El primero es la gravedad. Como mostraron Wang y colaboradores (2026) en su estratificación por severidad, el formato individual ofrece mejores resultados en cuadros depresivos severos. Lo mismo se observa en otros trastornos cuando la sintomatología es intensa, hay riesgo autolítico activo, descompensación psicótica aguda o necesidad de contención emocional inmediata. En esos casos, la atención individual permite ajustar la intervención al ritmo de la persona, algo que el grupo, por su propia estructura, no puede ofrecer con la misma flexibilidad.

El segundo límite es el abandono. Las tasas de abandono en terapia de grupo tienden a ser algo más altas que en individual, especialmente en las primeras sesiones. Algunas personas no toleran bien exponerse delante de desconocidos, ni siquiera cuando intelectualmente entienden el valor terapéutico de hacerlo. La selección adecuada de pacientes y una buena preparación previa reducen esa tasa, pero no la eliminan.

El tercer límite es la heterogeneidad. Un grupo funciona mejor cuando sus integrantes comparten suficiente terreno común como para que el contenido sea relevante para todos, sin ser tan homogéneo como para volverse claustrofóbico. Componer un grupo es una decisión clínica que requiere criterio, no una simple operación logística de juntar pacientes en una agenda.

Hay un cuarto límite, menos discutido. No todos los terapeutas están preparados para conducir grupos. La conducción grupal requiere competencias específicas —manejo de dinámicas, intervención sobre procesos, gestión de silencios y conflictos— que no se adquieren automáticamente con la formación en terapia individual. Cuando se asigna terapia grupal a profesionales sin formación específica, la eficacia se resiente. Esto no es un defecto del formato. Es un problema de implementación.

Una pregunta abierta

Veinte años de investigación sostienen una conclusión incómoda para quienes seguimos asumiendo que el grupo es un plan B: para la mayoría de trastornos mentales comunes, la terapia colectiva produce resultados equivalentes a la individual, con un coste menor por paciente atendido y con factores terapéuticos propios que no existen en la díada. Y, sin embargo, en muchos servicios públicos y privados, la opción grupal se ofrece solo cuando se han agotado las posibilidades individuales o cuando la lista de espera ahoga.

Quizá la pregunta no sea si la terapia de grupo merece más espacio. Quizá la pregunta sea por qué, teniendo evidencia consistente desde hace dos décadas, seguimos organizando los servicios como si esa evidencia no existiera. Hay razones culturales, hay inercias formativas y hay un imaginario clínico que sigue colocando al consultorio individual en el centro y al grupo en los márgenes.

No se trata de defender el formato grupal contra el individual, sino de devolverle el lugar que la evidencia le otorga. Cuando un paciente entra a una sala con ocho sillas y una jarra de agua, no está aceptando un tratamiento de segunda. Está entrando a uno de los formatos con mejor respaldo empírico que la psicología clínica puede ofrecer. Que él lo sepa, y que lo sepamos quienes derivamos, es parte del tratamiento.

Referencias

Alldredge, C., Burlingame, G., Yang, C., & Rosendahl, J. (2021). Alliance in group therapy: A meta-analysis. Group Dynamics: Theory, Research, and Practice, 25(1), 13-28. https://doi.org/10.1037/gdn0000135

Arnold, C., Burlingame, G., & Rosendahl, J. (2024). Group therapy for youth behavioral concerns: A meta-analysis. Group Dynamics: Theory, Research, and Practice. https://doi.org/10.1037/gdn0000225

Burlingame, G., Svien, H., Hoppe, L., & Hunt, I. (2020). Group therapy for schizophrenia: A meta-analysis. Psychotherapy, 57(2), 219-230. https://doi.org/10.1037/pst0000293

Hare, M., & Graziano, P. (2021). The cost-effectiveness of Parent-Child Interaction Therapy: Examining standard, intensive, and group adaptations. Administration and Policy in Mental Health, 48(3), 493-503. https://doi.org/10.1007/s10488-020-01083-6

Janis, R., Burlingame, G., Svien, H., & Jensen, J. (2021). Group therapy for mood disorders: A meta-analysis. Psychotherapy Research, 31(3), 369-382. https://doi.org/10.1080/10503307.2020.1817603

Okumura, Y., & Ichikura, K. (2014). Efficacy and acceptability of group cognitive behavioral therapy for depression: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 164, 155-164. https://doi.org/10.1016/j.jad.2014.04.023

Simmonds-Buckley, M., Kellett, S., & Waller, G. (2019). Acceptability and efficacy of group behavioral activation for depression among adults: A meta-analysis. Behavior Therapy, 50(5), 864-877. https://doi.org/10.1016/j.beth.2019.01.003

Uttley, L., Stevenson, M., Scope, A., et al. (2015). The clinical and cost effectiveness of group art therapy for people with non-psychotic mental health disorders: A systematic review and cost-effectiveness analysis. BMC Psychiatry, 15, 151. https://doi.org/10.1186/s12888-015-0528-4

Wang, S., Chen, S., & Wu, C. (2026). Comparative efficacy of group versus individual reminiscence therapy for depression in older adults: A network meta-analysis stratified by severity. International Journal of Nursing Sciences. https://doi.org/10.1016/j.ijnss.2026.04.005

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