Cuando la tristeza no es un obstáculo: la carga emocional invisible en los tratamientos de reproducción asistida
Artículo sobre la travesía emocional de las mujeres en reproducción asistida. Analiza cómo el sistema medicaliza las emociones negativas como barreras a superar, cuando la evidencia muestra que ansiedad y depresión no determinan el resultado del tratamiento.
En España se realizan 167.000 ciclos de FIV al año. La mayoría de las transferencias no terminan en un nacimiento. Y casi todas las mujeres han escuchado alguna vez el mismo consejo: 'tienes que estar tranquila'. Este artículo explora por qué esa frase, aunque bien intencionada, genera una carga emocional que la evidencia científica no respalda.
Cuando la tristeza no es un obstáculo: la carga emocional invisible en los tratamientos de reproducción asistida
En España se realizan cada año alrededor de 167.000 ciclos de fecundación in vitro. De ellos nacen unos 40.000 bebés, entre el 10% y el 12% de todos los nacimientos del país (SEF, 2022). Detrás de cada uno de esos números hay una mujer, a menudo una pareja, y una travesía que puede durar meses o años. Detrás de cada uno de esos números también hay ciclos que no llegan a término. La tasa de parto por transferencia embrionaria en menores de 35 años ronda el 29%, baja al 24% entre los 35 y los 39, y se sitúa entre el 11% y el 16% a partir de los 40. Dicho de otro modo: la mayoría de las transferencias no terminan en un nacimiento. Eso también forma parte del proceso, aunque casi nunca se nombra al principio.
Piensa en una sala de espera cualquiera de una clínica de reproducción asistida un martes por la mañana. Hay revistas ordenadas en una mesita, una máquina de agua fría, tres o cuatro mujeres sentadas mirando el móvil. Nadie habla. Algunas están solas, otras acompañadas. Casi todas llevan una carpeta con informes. Una de ellas lleva tres años intentándolo. Otra viene a por su primera consulta y todavía no sabe qué le van a decir. Otra ha tenido dos ciclos fallidos y viene a firmar el consentimiento del tercero. Todas comparten el mismo espacio y el mismo silencio. Y todas, con probabilidad alta, han recibido en algún momento el mismo consejo bien intencionado: tienes que estar tranquila, tienes que relajarte, si te pones nerviosa no vas a conseguirlo.
Este artículo trata de esa frase. De lo que hace en la cabeza de quien la recibe. Y de por qué, con la evidencia científica en la mano, es una frase que hace daño.
El mandato implícito de la positividad
Cuando entras en un proceso de reproducción asistida, el sistema médico te trata bien. Te explican el protocolo, te pautan la medicación, te programan los controles ecográficos, te acompañan en la punción folicular y en la transferencia. Es un proceso técnicamente sofisticado y, en la mayoría de los centros españoles, humanamente respetuoso. Pero alrededor del proceso médico hay un mensaje más difuso, un mensaje que no está escrito en ningún consentimiento informado y que sin embargo circula por todas partes: la idea de que tu estado emocional influye en el resultado.
Ese mensaje llega por muchas vías. Llega desde la familia bienintencionada que te dice que dejes de pensar en ello, que cuando dejes de obsesionarte vendrá solo. Llega desde amistades que te cuentan casos de personas que se relajaron y se quedaron embarazadas al mes siguiente. Llega desde libros de autoayuda, desde podcasts, desde cuentas de redes sociales que venden coaching de fertilidad. En ocasiones, también desde el propio ámbito sanitario, donde la recomendación informal de "no pensar en ello" sigue siendo más frecuente de lo que debería (Verhaak et al., 2007).
El problema no es la intención. La intención es casi siempre buena. El problema es lo que ese mensaje hace en quien lo recibe. Cuando alguien te dice que te relajes, te está diciendo, sin querer, dos cosas a la vez: que tu ansiedad es un obstáculo, y que ese obstáculo depende de ti. Si no consigues relajarte, y no lo consigues, porque nadie se relaja cuando lleva dos años intentando tener un hijo, entonces se abre una segunda capa de sufrimiento por encima de la primera. Ya no solo estás triste o angustiada por el proceso. Además, te sientes culpable de estarlo.
Lo que dice la evidencia sobre ansiedad y resultado
Aquí es donde conviene detenerse y mirar los datos con calma. Porque la creencia de que el estado emocional condiciona el éxito de un tratamiento de fertilidad está tan extendida que casi nadie la cuestiona. Pero la evidencia empírica de las últimas dos décadas la cuestiona bastante.
Lintsen, Verhaak y su equipo publicaron en 2009 un estudio prospectivo con casi ochocientas mujeres que iniciaban su primer ciclo de FIV o ICSI. Midieron ansiedad y depresión antes del tratamiento y siguieron los resultados. La conclusión fue clara: la ansiedad y la depresión previas no influyeron ni en la tasa de cancelación del ciclo ni en la tasa de embarazo (Lintsen et al., 2009). Dicho de otro modo: mujeres con niveles altos de ansiedad tuvieron resultados equivalentes a mujeres con niveles bajos.
Dos años más tarde, Boivin, Griffiths y Venetis publicaron en el BMJ un metaanálisis que reunió catorce estudios prospectivos con más de tres mil mujeres. Analizaron si el malestar emocional antes del tratamiento predecía el fracaso. La conclusión fue que la relación, si existía, era pequeña y clínicamente poco relevante (Boivin et al., 2011). Los autores fueron explícitos en las implicaciones: informar a las pacientes de que su estado emocional no va a arruinar el tratamiento puede ser, en sí mismo, un acto terapéutico.
Estudios posteriores han matizado el panorama en función de subgrupos y de variables específicas. Aimagambetova y colaboradores encontraron algunas asociaciones entre marcadores de distrés y ciertos indicadores de resultado del tratamiento, aunque los efectos son modestos y no siempre consistentes (Aimagambetova et al., 2020). Las revisiones sobre intervenciones psicosociales, como la de Frederiksen y colaboradores, muestran que reducen el malestar emocional y que algunas, de forma no concluyente, podrían asociarse con mejores tasas de embarazo (Frederiksen et al., 2015). Ha, Park y Ban también encuentran un efecto positivo de las intervenciones sobre las tasas de embarazo, pero los tamaños del efecto son variables y dependen del tipo de intervención (Ha et al., 2022). Gaitzsch y colaboradores lo confirman específicamente para intervenciones mente-cuerpo (Gaitzsch et al., 2020).
La lectura conjunta de esta literatura es difícil de resumir en un titular, pero podemos intentarlo: el estado emocional de una mujer que entra en un tratamiento de reproducción asistida no determina el resultado. Puede haber pequeños efectos en algunos subgrupos, en algunas circunstancias, y con métricas concretas. Pero la idea popular de que si te relajas te quedas no tiene sostén empírico serio.
Esto es importante por dos razones. La primera es epistemológica: importa lo que es verdad. La segunda es clínica: si el malestar emocional no arruina el tratamiento, entonces intentar suprimirlo no tiene sentido como estrategia médica. Y si además ese intento de supresión produce culpa, entonces estamos generando un sufrimiento añadido sin beneficio compensatorio.
La carga emocional real
Que el malestar emocional no determine el resultado no significa que no exista. Existe, y es considerable. Verhaak y colaboradores documentaron en 2007 que aproximadamente el 37% de las mujeres presenta un desajuste emocional clínicamente significativo durante el proceso de FIV, con niveles elevados de ansiedad, síntomas depresivos o ambos (Verhaak et al., 2007). En un estudio longitudinal previo, el mismo grupo había mostrado que más del 20% de las mujeres mantiene niveles subclínicos de ansiedad o depresión hasta seis meses después de un ciclo fallido (Verhaak et al., 2005). Los abandonos del tratamiento por carga emocional oscilan, según distintas fuentes, entre el 20% y el 40% (Verhaak et al., 2007; Gameiro et al., 2012).
Y hay otro dato que conviene tener presente: incluso cuando el tratamiento funciona, el malestar no desaparece automáticamente. Una revisión reciente sobre salud mental perinatal en mujeres que conciben mediante FIV o ICSI encontró una diferencia estandarizada media de 0.33 en niveles de ansiedad durante el embarazo respecto a mujeres que concibieron espontáneamente (Němcová et al., 2025). El embarazo tras reproducción asistida arrastra una carga emocional propia. Hay más miedo a la pérdida, hay hiperconciencia de cada síntoma, hay una relación distinta con el cuerpo y con la incertidumbre.
Un estudio cualitativo de 2024 identificó cuatro formas típicas en que las mujeres representan mentalmente el proceso de FIV en su primer ciclo: como un paso hacia el éxito, como un viaje estresante, como un juego de azar y como algo de lo que no se habla, un silencio (Mitrović et al., 2024). Las cuatro representaciones coexisten a veces en la misma persona, en momentos distintos del proceso. Ninguna de las cuatro es más correcta que otra. Son maneras humanas de organizar una experiencia que no tiene manual.
Todo esto configura un cuadro que conviene mirar sin prisa. La reproducción asistida es un proceso médicamente exigente que combina medicación hormonal con efectos físicos y anímicos, intervenciones invasivas, esperas cargadas de incertidumbre, resultados binarios (embarazo sí o no) que se conocen en fechas concretas, y un componente económico que en muchos casos añade presión. Que en ese contexto las mujeres presenten tristeza, ansiedad, irritabilidad, agotamiento y momentos de desesperanza no es una anomalía psicológica. Es una respuesta adaptativa. Es lo que hace un sistema emocional sano cuando se enfrenta a un proceso así.
La medicalización de las emociones adaptativas
Aquí llegamos al núcleo del problema. Cuando el sistema, en un sentido amplio, trata el malestar emocional como una variable a controlar para mejorar la probabilidad de embarazo, hace dos cosas problemáticas al mismo tiempo. Primero, sobreestima el papel causal de las emociones en el resultado, algo que la evidencia no respalda. Segundo, convierte la respuesta emocional en un problema técnico que hay que resolver, en lugar de en una experiencia humana que hay que acompañar.
La diferencia entre resolver y acompañar no es semántica. Cuando algo se plantea como problema técnico, la lógica es de optimización. Se mide, se interviene, se vuelve a medir, y si el indicador no baja lo suficiente, la intervención se considera fallida o insuficiente. Bajo esa lógica, una mujer que llora en la sala de espera es alguien que necesita más técnicas de relajación, o más sesiones, o mejor gestión emocional. Bajo esa lógica, si sigue llorando, es que no está haciendo bien los ejercicios.
Bajo la lógica del acompañamiento, esa misma mujer no está haciendo nada mal. Está atravesando una experiencia difícil y su llanto es coherente con la experiencia. Lo que necesita no es una técnica que le quite el llanto. Lo que necesita es un espacio donde el llanto no sea un fracaso, ni suyo, ni del proceso, ni de quien la acompaña.
Puede parecer una distinción sutil, pero tiene consecuencias prácticas muy concretas. Determina cómo se enmarca la ayuda psicológica en las clínicas. Determina cómo se hablan a sí mismas las pacientes sobre lo que están sintiendo. Determina si, después de un ciclo fallido, la mujer sale pensando esto ha sido durísimo y necesito tiempo o pensando quizá si hubiera estado más tranquila habría funcionado.
La culpa y la autoculpabilización
La segunda frase, la que empieza con quizá si hubiera estado más tranquila, es una de las formas más frecuentes y más dolorosas de sufrimiento en mujeres que han pasado por ciclos fallidos. La lógica es sencilla y devastadora: si mi estado emocional influye en el resultado, y el resultado ha sido negativo, entonces algo he hecho mal emocionalmente. He estado demasiado nerviosa. He pensado demasiado. No he sabido soltar. No he confiado lo suficiente.
Esta línea de pensamiento se apoya en una premisa falsa, la premisa de que la emoción determina el resultado, pero funciona porque encaja con una necesidad psicológica muy humana: la necesidad de encontrar sentido en lo que ha pasado. Ante un resultado doloroso e incontrolable, la mente busca causas. Si la causa está en algo que hicimos, entonces al menos hay un margen de acción para la próxima vez. La autoculpabilización es, entre otras cosas, un intento desesperado de recuperar control sobre algo que no lo tiene.
El problema es que ese intento de recuperar control tiene un coste enorme. Añade sufrimiento al sufrimiento. Convierte una pérdida en una prueba personal fallida. Y hace que la mujer entre en el siguiente ciclo, si decide hacerlo, con la carga añadida de tener que hacerlo mejor emocionalmente esta vez. Es un peso injusto y, según lo que sabemos, un peso basado en una idea empíricamente débil.
Aquí conviene decir algo con claridad. Si has pasado por un ciclo fallido, o por varios, y en algún momento has pensado que quizá tu estado emocional tuvo algo que ver, no eres una persona ingenua ni una mala paciente. Estabas haciendo lo que hacemos todos ante el dolor sin explicación: buscar una causa. Lo que la evidencia sugiere, con la humildad de toda evidencia científica, es que esa causa probablemente no estaba ahí. Y si no estaba ahí, entonces esa culpa que has cargado durante meses o años no te correspondía.
Un enfoque alternativo: validar sin optimizar
Si el estado emocional no es una palanca para modificar el resultado, ¿qué papel puede tener el acompañamiento psicológico en un proceso de reproducción asistida? La pregunta merece una respuesta honesta.
Puede tener un papel importante, pero distinto del que se le atribuye habitualmente. Puede servir para nombrar lo que está pasando sin patologizarlo. Puede servir para separar lo que es una respuesta esperable de una situación difícil de lo que empieza a ser un cuadro clínico que requiere atención específica. Puede servir para pensar decisiones importantes con menos ruido: cuántos ciclos hacer, cuándo parar, cómo compartir esto con la pareja o con el entorno, cómo integrar la experiencia si el proceso termina sin embarazo. Puede servir para elaborar el duelo cuando lo hay, y para sostener la incertidumbre cuando toca sostenerla.
Todo eso tiene valor por sí mismo, no porque aumente la probabilidad de embarazo. Que quede claro. El acompañamiento psicológico durante la reproducción asistida no debería venderse como una manera de mejorar los resultados reproductivos. Debería ofrecerse como una manera de atravesar el proceso con menos daño colateral, gane o no gane el resultado deseado.
Este cambio de encuadre tiene una ventaja adicional. Si el psicólogo o la psicóloga no está ahí para ayudarte a quedarte, sino para acompañarte en lo que sientas, entonces sentir cosas difíciles deja de ser un fracaso terapéutico. La tristeza deja de ser un síntoma a suprimir. La rabia deja de ser un obstáculo. El miedo deja de ser una prueba de que no estás lista. Todo eso pasa a formar parte de la experiencia humana de un proceso humano.
Frederiksen y colaboradores mostraron que las intervenciones psicosociales reducen el malestar emocional durante los tratamientos de fertilidad y que algunas podrían asociarse con mejores tasas de embarazo, aunque de forma no concluyente (Frederiksen et al., 2015). Este hallazgo tiene una lectura que a menudo se pasa por alto: independientemente de su efecto sobre el resultado reproductivo, aliviar el sufrimiento durante el proceso es, en sí mismo, una razón suficiente para ofrecer acompañamiento psicológico.
Lo que este cambio pide del entorno
Para que este enfoque tenga espacio, hace falta algo más que un cambio en la consulta de psicología. Hace falta que la conversación cultural alrededor de la reproducción asistida se afloje un poco.
Hace falta que quienes rodean a una mujer en tratamiento, familia, amistades, compañeras de trabajo, dejen de recetar tranquilidad. Es tentador decirlo porque calma a quien lo dice más que a quien lo escucha. Pero cada vez que alguien dice tú tranquila, la persona que lo recibe registra una expectativa que no puede cumplir. Preguntar cómo está, escuchar sin arreglar, ofrecer compañía concreta, aceptar que hay días peores que otros, todo eso vale más que cualquier consejo sobre relajación.
Hace falta también que las propias clínicas revisen los mensajes informales que circulan alrededor del proceso. No hablamos de los consentimientos, que suelen estar bien redactados. Hablamos de las conversaciones de pasillo, de los comentarios de despedida al salir de la consulta, de la forma en que se enmarca el trabajo del equipo de psicología si lo hay. Un pequeño cambio de encuadre, del tipo vas a pasar por algo intenso y queremos acompañarte en lugar de tienes que estar tranquila para que salga bien, marca una diferencia real.
Y hace falta, quizá, que quienes trabajamos en salud mental miremos también nuestros propios discursos. Es fácil, con las mejores intenciones, ofrecer intervenciones que prometen más de lo que pueden dar. Es fácil vender técnicas de gestión emocional como si fueran garantías. La honestidad clínica pide que digamos lo que sabemos y lo que no sabemos. Sabemos que la reproducción asistida es dura emocionalmente. Sabemos que hay formas de acompañar ese proceso que reducen el sufrimiento. No sabemos, y la evidencia disponible sugiere que probablemente no es así, que ese acompañamiento aumente las probabilidades de éxito reproductivo. Decir esto en voz alta es un acto de respeto hacia las pacientes.
Preguntas para quedarse pensando
Si has pasado por un tratamiento de reproducción asistida, o estás pasando por uno, quizá haya preguntas que te acompañan estos días. No son preguntas con respuesta rápida. Algunas no tienen respuesta y aun así vale la pena formularlas.
¿Qué parte del malestar que sientes es una reacción esperable a una situación objetivamente difícil, y qué parte es la culpa añadida de sentirlo? ¿Cuánto de lo que cargas emocionalmente viene del proceso en sí, y cuánto viene del mandato implícito de atravesarlo bien? Si nadie te dijera nunca más que tienes que estar tranquila, ¿cómo te permitirías estar? ¿Qué necesitarías que te dijeran, en lugar de eso, las personas que te quieren?
Y una última pregunta, quizá la más incómoda, para quienes trabajamos alrededor de estos procesos. Cuando decimos que ayudamos a las mujeres a atravesar la reproducción asistida, ¿estamos ayudándolas a atravesarla, o estamos ayudándolas a atravesarla bien, en un sentido que no nos corresponde definir? La diferencia entre esas dos formas de ayudar es pequeña en la superficie y muy grande en el fondo. Merece la pena seguir pensándola.
Referencias
Aimagambetova, G., Issanov, A., Terzic, S., Bapayeva, G., Ukybassova, T., Baikoshkarova, S., Aldiyarova, A., Shauyen, F., & Terzic, M. (2020). The effect of psychological distress on IVF outcomes: Reality or speculations? PLoS ONE, 15(12). https://doi.org/10.1371/journal.pone.0242024
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Frederiksen, Y., Farver-Vestergaard, I., Skovgård, N. G., Ingerslev, H. J., & Zachariae, R. (2015). Efficacy of psychosocial interventions for psychological and pregnancy outcomes in infertile women and men: A systematic review and meta-analysis. BMJ Open, 5(1). https://doi.org/10.1136/bmjopen-2014-006592
Gaitzsch, H., Benard, J., Hugon-Rodin, J., Benzakour, L., & Streuli, I. (2020). The effect of mind-body interventions on psychological and pregnancy outcomes in infertile women: A systematic review. Archives of Women's Mental Health, 23(4). https://doi.org/10.1007/s00737-019-01009-8
Gameiro, S., Boivin, J., Peronace, L., & Verhaak, C. M. (2012). Why do patients discontinue fertility treatment? A systematic review of reasons and predictors of discontinuation in fertility treatment. Human Reproduction Update, 18(6), 652-669. https://doi.org/10.1093/humupd/dms031
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Verhaak, C. M., Smeenk, J. M. J., Evers, A. W. M., Kremer, J. A. M., Kraaimaat, F. W., & Braat, D. D. M. (2007). Women's emotional adjustment to IVF: A systematic review of 25 years of research. Human Reproduction Update, 13(1), 27-36. https://doi.org/10.1093/humupd/dml040
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