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El Camino no te resuelve nada (y por eso a veces funciona)

El peregrino en crisis no camina para resolver el sufrimiento sino para simbolizarlo. Liminalidad, communitas y el rito de paso que la vida moderna perdió.

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El Camino no te resuelve nada (y por eso a veces funciona)

Llega al albergue con las botas embarradas tras un divorcio, un entierro o un despido. No se le ha resuelto nada y, sin embargo, respira distinto. ¿Qué hace el Camino que el sofá no puede?

Llega al albergue con las botas embarradas y los pies destrozados. Lleva seis días caminando. Salió de casa después de un divorcio que no vio venir, o de un entierro, o del día en que la empresa le dijo que ya no hacía falta. No sabe muy bien por qué hace esto. Solo sabe que necesitaba moverse, que quedarse quieto en el sofá se había vuelto insoportable. Por la noche, en una litera entre desconocidos que tampoco saben muy bien por qué están ahí, siente algo raro: no se le ha resuelto nada, y sin embargo respira distinto.

Cada año, miles de personas en crisis hacen el Camino de Santiago, o caminos parecidos en otros lugares del mundo. No son turistas con una guía de monumentos. Van cargando algo. Y aquí está lo interesante, lo que casi nadie dice en voz alta: el Camino no les arregla el problema. No les devuelve al muerto, no les deshace el divorcio, no les da el trabajo. Entonces, ¿qué hace? ¿Por qué tanta gente vuelve diciendo que algo cambió?

Lo que buscas ahí no es una solución

Empecemos por deshacer un malentendido. Cuando imaginamos a alguien que se va a caminar para “aclararse”, solemos pensar que va a encontrar respuestas. Que en el kilómetro doscientos, entre encinas, le llegará la decisión que no tomaba, la idea que lo ordena todo.

A veces pasa. Pero no es eso lo que cura, y no es eso lo que la mayoría encuentra.

Quien estudia de cerca la experiencia del peregrino contemporáneo describe otra cosa. En un trabajo sobre el Camino de Santiago y el bienestar, los relatos no van de gente que resolvió su vida andando, sino de gente que encontró un lugar y un tiempo para llevar su dolor a cuestas sin tener que explicarlo, justificarlo ni taparlo. El sufrimiento no se va. Se transforma en algo que se puede cargar, paso a paso, con un peso físico en la espalda que de pronto se parece al peso de dentro.

No se trata de solucionar el dolor. Se trata de simbolizarlo. De darle una forma, un recorrido, un principio y un final. Y eso, que suena a poco, es justo lo que nuestra cultura dejó de ofrecer.

Piénsalo. Cuando muere alguien, ¿cuánto tiempo te da la vida para estar de duelo? Una semana de permiso, con suerte. Vuelves al correo electrónico el lunes como si nada. Hemos eliminado casi todos los ritos que antes acompañaban las grandes pérdidas y los grandes cambios. Y el dolor, que sigue ahí, se queda sin cauce. El Camino, sin proponérselo, devuelve un cauce.

Vale la pena detenerse en cómo llegamos hasta aquí. Durante siglos, las culturas envolvieron las grandes transiciones —la muerte, la pérdida, el paso a otra etapa— en rituales colectivos: lutos largos y visibles, ceremonias, vestidos negros, tiempos marcados en los que se esperaba que estuvieras de duelo y todos lo respetaban. Eran incómodos, a veces rígidos, pero hacían un trabajo psicológico preciso: le daban al sufrimiento un molde, un calendario, una comunidad que lo sostenía. La modernidad, en su prisa por la eficiencia y su pudor ante el dolor ajeno, fue desmontando casi todos esos moldes. Hoy se espera que sufras rápido, en privado y sin molestar a la productividad. Pero la necesidad psicológica no desapareció con el rito. Lo que desapareció fue el cauce. Y el agua que no tiene cauce se desborda por donde puede: en la ansiedad, en el insomnio, en la sensación de no terminar nunca de cerrar lo que ya pasó. El peregrino moderno no se inventa nada nuevo. Recupera, sin saberlo, algo viejo que le habíamos quitado.

El umbral, los desconocidos y el cuerpo

¿Por qué funciona andar, y no leer o pensar? Aquí la psicología y la antropología se dan la mano.

El antropólogo Victor Turner estudió los ritos de paso de muchas culturas y describió una fase que llamó liminal: ese momento en que ya no eres quien eras pero todavía no eres quien serás. El que dejó de ser marido pero aún no sabe quién es soltero. El que dejó de ser hijo de su madre viva pero aún no aprendió a ser hijo de su recuerdo. Es un umbral. Un entre. Y las culturas tradicionales sabían que ese tránsito necesitaba un espacio aparte, fuera de la vida normal, para hacerse.

El Camino es exactamente eso: un paréntesis fuera de tu vida, donde durante unas semanas no eres tu cargo, ni tu hipoteca, ni tu rol. Eres uno más que camina. Turner habló también de la communitas, ese vínculo extraño y hondo que aparece entre quienes atraviesan juntos el mismo umbral, despojados de jerarquías. En el albergue, el catedrático y el albañil comparten la misma sopa y las mismas ampollas. Esa igualdad temporal, ese “estamos todos en el mismo tránsito”, hace algo que la soledad del sofá no puede hacer.

Y luego está el cuerpo. Cuando caminas ocho horas, la cabeza no puede seguir dándote vueltas a la misma rumiación con la misma intensidad. El cuerpo cansado acalla un poco la voz que repite “y si hubiera…”, “y por qué a mí…”. No es que dejes de pensar. Es que el pensamiento deja de ser el único que manda. Es como si el movimiento bajara el volumen de la radio interna lo justo para que puedas oír otras cosas.

Me viene a la cabeza Alma salvaje, el libro de Cheryl Strayed que luego fue película. Una mujer rota tras la muerte de su madre y un matrimonio deshecho se lanza a caminar sola más de mil kilómetros por un sendero del Pacífico. No camina para resolver su duelo. Camina porque es lo único que puede hacer con él. Y al final del sendero no ha recuperado nada de lo perdido. Solo ha aprendido a cargarlo de otra manera. El mecanismo es el mismo: no se trata de llegar a un sitio que arregle las cosas, se trata de atravesar un trayecto que te cambie a ti mientras las cosas siguen siendo lo que son.

No hace falta irse a Santiago

Llegamos a lo tuyo, que es lo que me importa. Porque la moraleja no es “haz las maletas y vete a Galicia”. La mayoría no puede, y tampoco hace falta.

Y conviene decir algo antes de seguir, para no vender humo. El Camino no es magia, ni funciona para todo el mundo, ni cura por el hecho de andar. Hay quien lo hace y vuelve igual de roto, o más, porque cargaba con algo que necesitaba otra cosa: un tratamiento, un duelo acompañado, ayuda profesional de verdad. Caminar no sustituye a un psicólogo cuando hace falta un psicólogo, igual que un paseo no sustituye a una operación cuando hace falta una operación. Idealizar la huida tiene su propio riesgo: creer que basta con irse lejos para dejar atrás lo que llevas dentro, cuando lo que llevas dentro viaja contigo en la mochila. Dicho esto, lo que sí ofrece el Camino son ingredientes psicológicos concretos, y esos no son exclusivos de Galicia.

Lo valioso del Camino no es Galicia. Son sus ingredientes, y esos puedes buscarlos sin coger un tren. Vale la pena entender cuáles son, para no idealizar la huida.

El primero es darle al dolor un tiempo y un espacio propios, en vez de exigirle que desaparezca rápido para volver a la productividad. Eso puede ser una hora de paseo al día que decides dedicar, conscientemente, a estar con lo que duele en lugar de huir de ello. No para resolverlo. Para acompañarlo.

El segundo es el cuerpo. Cuando la cabeza no para, el camino más corto no es pensar mejor, es moverse. Caminar, nadar, lo que sea que ponga el cuerpo por delante de la rumiación. No se trata de distraerte, se trata de cambiar quién lleva el mando un rato.

El tercero es el umbral compartido. Buscar a otros que estén atravesando algo parecido —un grupo de duelo, una comunidad, incluso una buena conversación con quien también está en tránsito— hace lo que hace el albergue. Te recuerda que no eres el único raro que se quedó a mitad de camino entre lo que era y lo que será.

Y el cuarto, el más difícil, es aceptar que algunas cosas no se arreglan, solo se atraviesan. Tu cabeza te dirá: “tiene que haber una solución, algo que hacer para que esto deje de doler”. A veces no la hay. A veces lo único que cabe es caminar con ello hasta que el dolor cambie de forma. Eso no es rendirse. Es dejar de pelear contra una pared y empezar a bordearla.

El peregrino que llegó al albergue con los pies rotos no encontró respuestas en el Camino. Encontró un sitio donde su pena cabía, un cuerpo que lo agotaba lo justo, unos desconocidos que entendían sin preguntar, y un umbral que cruzar. Volvió a casa con el mismo problema y, aun así, distinto.

Quizá no necesites Santiago. Quizá necesites, simplemente, dejar de exigirte que el dolor se resuelva, y empezar a darle un camino por donde andar.

Referencias

Turner, V. W. (2017). Liminality and Communitas. En The Ritual Process: Structure and Anti-Structure (pp. 169–187). Routledge. https://doi.org/10.4324/9781315244099-9

Hetherington, K. (2018). The Camino de Santiago and Wellbeing: An Interpretative Phenomenological Analysis of the Pilgrimage Experiences of Australian Women. En Pilgrimage as Transformative Process (pp. 65–76). Brill. https://doi.org/10.1163/9789004381223_008

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