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Autoeficacia, cincuenta años después: lo que queda en pie del artículo que cambió la psicología del cambio

Cincuenta años después del artículo seminal de Bandura sobre autoeficacia, una revisión crítica de lo que sigue en pie, lo que se ha actualizado y cómo las terapias contextuales heredaron sus preguntas mejor que sus respuestas.

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Cincuenta años después del artículo seminal de Bandura sobre autoeficacia, una revisión crítica de lo que sigue en pie, lo que se ha actualizado y cómo las terapias contextuales heredaron sus preguntas mejor que sus respuestas.

Autoeficacia, cincuenta años después — Acuarela al estilo New Yorker que retrata a un axolotl observando a un científico tras un vidrio, invirtiendo la mirada clásica del observador y lo observado

1. El axolotl detrás del cristal

Hay un cuento de Cortázar que empieza así: “Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos.” El narrador, fascinado, mira al animal a través del vidrio. Y un día, sin saber cómo, descubre que es el axolotl quien lo mira a él.

Cuando uno relee a Bandura cincuenta años después, le pasa algo parecido. Empiezas convencido de que vas a estudiar un texto histórico, una pieza arqueológica de la psicología cognitiva. Y a las pocas páginas notas que el texto te está estudiando a ti. Que las preguntas que Bandura plantea en 1977 siguen mirándonos desde el otro lado del vidrio, sin pestañear, mientras nosotros creemos haber avanzado mucho.

“Self-efficacy: Toward a unifying theory of behavioral change” (Bandura, 1977) tiene medio siglo. Y conviene preguntarse, sin reverencia y sin desdén, qué queda en pie. Porque la respuesta no es ni “todo” ni “nada”. Es algo más interesante.

2. El mapa que dibujó Bandura

La tesis del artículo es, en su forma más simple, esta: lo que predice si una persona inicia una conducta, la mantiene en el tiempo y la sostiene frente al fracaso no es tanto si cree que esa conducta lleva a un resultado (expectativa de resultado), sino si se cree capaz de ejecutarla (expectativa de eficacia). Bandura llama a esto último autoeficacia.

Hasta aquí, casi una obviedad. Lo interesante viene cuando especifica de dónde se nutre esa creencia. Bandura distingue cuatro fuentes:

  1. Logros de ejecución — haber hecho antes algo parecido y haberlo hecho bien
  2. Experiencia vicaria — haber visto a otros parecidos a uno hacerlo
  3. Persuasión verbal — que alguien te diga que puedes
  4. Activación emocional — cómo interpretas las señales fisiológicas (un corazón acelerado puede leerse como miedo o como preparación)

Y añade tres dimensiones para medirla: magnitud (qué nivel de dificultad), generalidad (a cuántas situaciones se extiende) y fuerza (cuánto resiste el desánimo).

Lo que Bandura está haciendo aquí, en el fondo, es darle un mapa al clínico. Está diciendo: si quieres que alguien cambie, no le des solo razones para cambiar. Asegúrate de que se crea capaz. Y si no se cree capaz, trabaja sobre las cuatro fuentes. Especialmente sobre la primera, porque las otras tres son más débiles.

Esto, en 1977, era un giro copernicano frente al conductismo ortodoxo. Bandura mete la cognición en la ecuación sin renunciar a la conducta observable. No se trata de elegir entre lo que la persona hace y lo que la persona piensa de sí misma haciéndolo: se trata de ver cómo se retroalimentan.

3. La voz contraria: lo que no envejeció igual de bien

Sería injusto leer el artículo como si fuera una verdad revelada. Bandura mismo lo presentó como una propuesta, y la propuesta tiene grietas que el tiempo ha ido marcando.

Primera grieta: el constructo de autoeficacia se confundió con autoestima. En la divulgación popular, “creer en ti mismo” terminó siendo el resumen barato del modelo, y eso es exactamente lo que Bandura no dijo. La autoeficacia es específica de un dominio. Yo puedo tener altísima autoeficacia para dar clase y bajísima para reparar un grifo. La autoestima es un juicio global; la autoeficacia, situado. Cuando se diluye esa distinción, el constructo pierde su utilidad clínica y se convierte en un eslogan motivacional. Y lo que predice conducta no es el eslogan.

Segunda grieta: el problema de la circularidad. Si alguien hace algo bien, decimos que tenía autoeficacia. Si lo hace mal, decimos que no la tenía. Williams (2010) llevaba años señalándolo: la autoeficacia, medida con cuestionarios, a menudo es un epifenómeno del rendimiento pasado, no su causa independiente. Es decir, puede que estemos midiendo el termómetro pensando que mide el fuego. Esto no destruye el modelo, pero obliga a ser más cuidadoso con las afirmaciones causales que Bandura hacía con cierta generosidad.

Tercera grieta: la activación emocional como cuarta fuente está infradesarrollada. Bandura habla de “interpretar” la activación, pero el aparato conceptual para entender esa interpretación es de los setenta. Hoy sabemos, por trabajos como los de Barrett (2017) sobre construcción emocional, que la activación no se “interpreta” sobre un sustrato neutro: se construye dentro de un contexto cultural, lingüístico y predictivo. El modelo de Bandura intuye algo importante aquí, pero no llega a desarrollarlo.

Cuarta grieta, la más incómoda: la cuestión de la agencia. Bandura asume un sujeto que toma decisiones, evalúa sus capacidades y actúa. Es un modelo profundamente humanista, casi ilustrado. Las terapias contextuales que vinieron después —ACT especialmente— han problematizado esa figura del sujeto agente. ¿Y si lo que llamamos “creencia en la propia eficacia” no es el motor, sino otro pensamiento más al que el sujeto se fusiona o del que toma distancia?

4. La genealogía: cómo llegamos hasta aquí

Para entender qué pasó con el modelo de Bandura, conviene trazar una pequeña genealogía. La psicología clínica del último medio siglo se mueve, esquemáticamente, en tres olas.

La primera ola es el conductismo. La conducta se explica por contingencias ambientales, y se cambia modificando esas contingencias. La cognición, si existe, es ruido.

La segunda ola es la terapia cognitiva (Beck, Ellis) y aledaños. Los pensamientos importan, y de hecho son la palanca: cambia el pensamiento y cambiará la emoción y la conducta. Bandura, aunque viene de una tradición distinta (el aprendizaje social), se inscribe sin esfuerzo en esta lógica. La autoeficacia es una cognición que media entre la situación y la conducta. Cambiarla cambia el resto.

La tercera ola —terapias contextuales: ACT, DBT, FAP, terapia de activación conductual, mindfulness clínico— no niega lo anterior, pero gira el foco. El problema no es tanto el contenido del pensamiento (“no puedo hacer esto”) como la relación que la persona tiene con ese pensamiento. No se trata de cambiar la creencia “no puedo” por la creencia “sí puedo”. Se trata de actuar en dirección a lo que importa aunque la creencia “no puedo” siga ahí.

Esto es un cambio profundo, y Bandura no llegó a verlo del todo. En su modelo, si la autoeficacia es baja, la solución es subirla. En el modelo contextual, si la creencia “no soy capaz” aparece, la pregunta no es cómo eliminarla, sino qué hago con ella mientras sigo caminando.

5. Las herederas: lo que ACT hizo con la pregunta de Bandura

Y aquí es donde el axolotl me devuelve la mirada. Porque las terapias contextuales no rechazaron a Bandura. Heredaron su pregunta —¿qué hace que una persona se mueva o se quede quieta?— y le dieron otra respuesta.

Bandura decía: se mueve si se cree capaz. ACT dice: se mueve si está dispuesta a llevar consigo las dudas sobre su propia capacidad.

Es una diferencia sutil pero decisiva. En Bandura, la creencia de eficacia es una condición previa de la acción. En ACT, la acción es una condición previa de cualquier cosa que se parezca a la eficacia. No se trata de creerse capaz para actuar; se trata de actuar para descubrir, en el cuerpo y en el mundo, qué es lo que uno puede.

Voy a proponer un término para esto, sabiendo que es provisional y discutible: lo llamaré realismo disposicional. Por realismo disposicional entiendo la actitud de moverse hacia lo que importa sin necesidad de haber resuelto antes la pregunta sobre la propia capacidad. No es optimismo, porque no afirma que uno pueda. No es pesimismo, porque no afirma que no pueda. Es una disposición a poner el cuerpo en la dirección elegida y dejar que el resultado informe, sin convertir la pregunta sobre la capacidad en una condición previa que paraliza.

El realismo disposicional recoge lo que Bandura intuyó y lo desplaza. Mantiene la idea de que la conducta es el dato relevante, no el discurso interno. Pero suelta el requisito de la creencia positiva previa. Lo que necesita la persona para moverse no es convencerse de que puede; es elegir moverse mientras la cabeza le dice lo que le diga.

Esto se traduce en clínica de forma muy concreta. Cuando un paciente dice “no me veo capaz”, la pregunta cognitivo-conductual clásica sería: “¿qué evidencia tienes de que no puedes?”. La pregunta de ACT, más cercana al realismo disposicional, sería: “¿y si esa idea —que no puedes— viene contigo en el viaje? ¿Hacia dónde quieres ir, aunque ella te acompañe?”.

Aquí, la defusión cognitiva —observar el pensamiento sin creérselo entero— no es un truco para eliminarlo. Es la condición de posibilidad para no quedarse esperando a que se vaya antes de hacer nada. Bandura querría que ese pensamiento se transformara en otro más alentador. La perspectiva contextual le pide menos: que esté ahí, sin mandar.

6. Epílogo: lo que queda en pie

Cincuenta años después, el artículo de Bandura sigue importando. No tanto por sus respuestas como por la pregunta que abrió: cómo se conectan las creencias que una persona tiene sobre sí misma con lo que esa persona efectivamente hace. Esa pregunta no se ha cerrado.

Lo que ha cambiado es la dirección de la flecha. Bandura veía la creencia como causa y la conducta como efecto. Las terapias contextuales sospechan que la flecha va más bien al revés, o que ni siquiera es una flecha sino un bucle en el que mejor no entrar a discutir.

Y queda, sobre todo, una lección metodológica que el artículo de 1977 sigue dando: cualquier intervención clínica seria tiene que mirar a la persona específica, a la conducta específica, al dominio específico. Las generalizaciones grandes —“crea en sí mismo”, “piense en positivo”— son enemigas del trabajo clínico. Bandura, en este sentido, fue mucho más conductista de lo que su mala fama sugiere. Le importaba el dato.

El axolotl, al final del cuento de Cortázar, está atrapado al otro lado del vidrio mientras el narrador se aleja. Los textos clásicos hacen algo parecido. Los leemos pensando que los hemos superado, y nos dejan ahí, mirándonos, recordándonos que las preguntas que importaban entonces son, casi siempre, las que siguen importando ahora. Solo que con otra cara.

Quizá esa sea la única forma honesta de leer a Bandura hoy: no como un monumento ni como una reliquia, sino como alguien que se asomó a una pregunta que todavía no hemos terminado de responder. Y que, mientras tanto, sigue mirándonos.

Referencias

Bandura, A. (1977). Self-efficacy: Toward a unifying theory of behavioral change. Psychological Review, 84(2), 191–215. https://doi.org/10.1037/0033-295X.84.2.191

Barrett, L. F. (2017). The theory of constructed emotion: An active inference account of interoception and categorization. Social Cognitive and Affective Neuroscience, 12(1), 1–23. https://doi.org/10.1093/scan/nsw154

Williams, D. M. (2010). Outcome expectancy and self-efficacy: Theoretical implications of an unresolved contradiction. Personality and Social Psychology Review, 14(4), 417–425. https://doi.org/10.1177/1088868310368802

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