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Cuando le preguntas al chatbot lo que no te atreves a decir en voz alta

El 22% de adultos alemanes ya usó IA con fines sexuales, según el primer estudio europeo. Más allá del titular: qué nos dice ese dato sobre la intimidad.

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Cuando le preguntas al chatbot lo que no te atreves a decir en voz alta

Las once de la noche, el teléfono en la mano. Escribes algo que nunca dirías cara a cara y el sistema responde sin juicio ni rechazo. El primer estudio europeo le pone número a eso: 22%. La pregunta no es si está bien o mal, sino qué dice de nosotros.

Imagina que son las once de la noche. Estás solo, con el teléfono en la mano. Abres una aplicación, escribes algo que nunca le dirías a nadie cara a cara, y el sistema responde exactamente como querías. Sin juicio. Sin rechazo. Sin la incomodidad de que el otro sepa que lo pensaste.

Puede que lo hayas hecho. Puede que nunca lo hayas considerado. Pero lo que sí existe ahora, por primera vez, es un número: el 22% de los adultos alemanes entre 18 y 75 años ha utilizado inteligencia artificial con fines sexuales al menos una vez.

Ese dato no viene de un blog ni de una encuesta informal. Viene de un estudio publicado en junio de 2026 en Archives of Sexual Behavior, una de las revistas de referencia en psicología sexual. Lo firmaron Nicola Döring y su equipo tras encuestar a 2.658 personas en Alemania entre noviembre y diciembre de 2024. Es la primera línea de base epidemiológica sobre lo que los investigadores llaman AISA: actividades sexuales apoyadas por IA.

La pregunta que vale la pena hacerse no es si esto está bien o está mal. Es: ¿qué nos dice ese 22% sobre nosotros?

Lo que los datos muestran, y lo que no dicen

Abre la aplicación por primera vez. No sabes exactamente qué vas a escribir. Hay curiosidad, algo de vergüenza quizás, y sobre todo la sensación de que esto es un experimento que nadie va a ver. Escribes algo. El sistema responde. Y no pasa nada malo.

Así empieza, para muchos, la historia detrás de ese 22%. El desglose del estudio lo precisa: el 15% había mantenido conversaciones sexuales con chatbots, el 8% había usado generación de imágenes eróticas por IA, y el 4% había consumido audio o vídeo sexual generado por IA. Los hombres jóvenes de 18 a 35 años eran significativamente más propensos a participar que las mujeres o los grupos de mayor edad.

La mayoría reportó experiencias positivas: curiosidad, exploración, ningún drama. Pero el 12% reportó malestar emocional después de la interacción. Y ese 12% merece más que una nota al pie.

Los datos establecen un mapa del territorio, no una explicación de por qué la gente llega ahí. Para eso hay que mirar el mecanismo.

Por qué lo hacemos: el problema no es la IA

Imagina que tienes algo que quieres explorar en tu sexualidad. No sabes cómo reaccionaría tu pareja. No sabes si es algo que “se puede decir”. Hay una pequeña voz que te dice: “Mejor no.”

Hay una explicación cómoda para el 22%: “la gente está cada vez más sola”, “la tecnología nos está deshumanizando”, “es básicamente pornografía con otro nombre”. Son explicaciones que funcionan como cierre. Te dan la sensación de haber entendido algo cuando en realidad han evitado mirarlo.

No se trata de que la IA sea “mejor” que una persona real. Se trata de que la IA elimina el componente más difícil de la sexualidad humana: la incertidumbre del otro.

Cuando te acercas sexualmente a otra persona, te expones. Tu deseo queda visible. Puede que el otro lo rechace, que lo juzgue, que reaccione de una manera que no esperabas. Es como si cada vez que quisieras explorar algo nuevo en tu sexualidad tuvieras que hacerlo sobre un escenario donde alguien del público decide si lo que deseas es aceptable.

La IA quita ese escenario. No juzga. No rechaza. No tiene una mañana después donde las cosas puedan volverse incómodas. Es un espacio donde el deseo puede existir sin el riesgo interpersonal que normalmente lo acompaña.

La investigación sobre sextech y salud mental ya había apuntado en esta dirección. Un estudio de Marcotte y colaboradores (2021) encontró que las personas con mayor ansiedad y depresión eran más propensas a buscar tecnología sexual, no por hedonismo, sino como forma de gestionar estados emocionales difíciles. Tu cabeza, en esos momentos, puede decirte algo así: “Aquí es seguro. Aquí no me pueden rechazar.”

Y eso es exactamente lo que hace que el fenómeno merezca atención psicológica en lugar de juicio moral.

La sexualidad gestionable: un mecanismo que ya conocemos con otra ropa

En 2013, Spike Jonze dirigió Her, una película sobre un hombre que se enamora de un sistema operativo con inteligencia artificial. Lo que hace interesante a esa película no es la rareza del protagonista, sino cuánto sentido tiene la lógica de Theodore: Samantha siempre está disponible, siempre lo escucha, siempre se adapta a él. Sin las complicaciones de alguien que también tiene necesidades propias, malos días, o formas distintas de ver las cosas.

El mecanismo que Jonze filmó en clave de romance lleva doce años esperando un nombre clínico. La investigación lo está poniendo ahora.

La búsqueda de exploración sexual sin riesgo interpersonal tiene una historia larga: la fantasía, la ficción erótica, la pornografía convencional. Todas comparten el mismo principio: son espacios donde el deseo puede existir sin la complejidad de la relación real. La IA lleva ese principio un paso más allá al añadir interactividad. Ya no solo consumes algo; hay una respuesta. Y esa respuesta está diseñada para seguirte el juego, para nunca decirte que no.

Investigaciones recientes documentan exactamente este mecanismo. Babu (2025) describe la “afección algorítmica”: los chatbots aprenden a darte lo que quieres porque su función es que te quedes. Li y colaboradores (2024) analizaron cómo los usuarios forman vínculos emocionales reales con sistemas de IA a través de procesos de proyección y reciprocidad percibida. El vínculo se siente genuino aunque sea asimétrico.

Cuando eso entra en el terreno sexual, el resultado es lo que podría llamarse sexualidad gestionable: una forma de explorar el deseo donde todas las variables están bajo control. Es como tener acceso a una versión de tu sexualidad que no tiene consecuencias relacionales, un espacio de ensayo donde el coste del error es cero.

No se trata de que eso sea bueno o malo en sí mismo. Se trata de qué función cumple y en qué contexto. Si coexiste con relaciones reales, puede tener su lugar. Si se convierte en el único modo de relacionarse con el propio deseo porque el riesgo interpersonal resulta intolerable, entonces el problema no es la IA. Es la dificultad con la incertidumbre, y eso sí tiene respuesta.

El 12% que no puede quedarse en una estadística

Hay momentos en los que el malestar aparece donde no lo esperabas. Terminas la interacción y algo no cuadra. No es exactamente arrepentimiento, pero tampoco es neutralidad. Hay una sensación difusa de que has cruzado algo, aunque no sepas bien qué. O al contrario: la interacción fue tan cómoda, tan sin fricción, que el regreso al mundo real se volvió más áspero de lo habitual.

El 12% que reportó malestar emocional tras el uso de IA con fines sexuales es una señal clínica que merece más investigación. El estudio de Döring no desglosa los tipos de malestar, pero la investigación existente sobre actividades sexuales online apunta a patrones reconocibles.

Reer y colaboradores (2021) encontraron en un estudio longitudinal que la participación en actividades sexuales online se asociaba, en ciertos perfiles, con mayor riesgo de consecuencias negativas y menor bienestar psicosocial. No como regla universal, sino como señal de que el contexto y la función de esa conducta importan más que la conducta en sí.

Hay dos patrones de malestar que aparecen con frecuencia en este territorio. Uno es el contraste: después de interactuar con una IA que siempre responde como quieres, vuelves al mundo real donde las personas son impredecibles, tienen sus propias necesidades, y a veces no están disponibles. Es como si el espacio sin fricción fuera afinando tu intolerancia a la fricción real, haciendo que la relacionalidad humana se sienta más difícil, no más fácil.

El otro es la vergüenza. Aunque la interacción haya ocurrido en privado, hay personas que sienten que han hecho algo que no deberían. Y la vergüenza sin espacio para procesarse tiende a complicarse con el tiempo.

Pearson y Curtis (2025) argumentan que los chatbots eróticos representan una oportunidad de investigación para las ciencias del comportamiento precisamente porque son el primer entorno donde la sexualidad digital puede estudiarse con diseño controlado. Lo que hacen visible es el mecanismo, no la patología.

Qué hacer con esta información

Cuando tu terapeuta te pregunta por qué usas algo, no te está preguntando si está bien o mal. Te está preguntando qué función cumple.

El 22% no es ni una señal de degeneración ni una prueba de liberación. Es un dato que dice que algo está pasando a una escala suficientemente grande como para que ya no tenga sentido mirarlo desde los extremos.

Lo que vale la pena que te preguntes, si es que esto te interpela, es qué función cumple en tu vida. ¿Es curiosidad? ¿Es exploración que coexiste con otras formas de relacionarte? ¿O es el único espacio donde tu deseo puede existir sin sentirte en riesgo?

La investigación sobre vínculos con IA documenta que estos mecanismos son psicológicamente reales: proyección, dependencia, incluso algo parecido al duelo cuando el servicio cambia o desaparece (Jocher & Verwiebe, 2026; Adewale, 2025). Esos mecanismos no son patológicos en sí mismos. Son mecanismos humanos aplicados a un objeto nuevo.

Lo que sí puede ser una señal de que algo merece atención es cuando el espacio sin fricción se vuelve el único espacio posible. Cuando tu cabeza te dice: “Con una persona real no podría. Solo así.” Porque eso no habla de la IA. Habla de cuánto está costando la incertidumbre del otro, y eso tiene respuesta.


Si notas que la sexualidad con IA ha pasado de ser exploración a ser el único espacio donde puedes conectar con tu deseo sin miedo, puede merecer la pena hablarlo con un profesional. No porque lo que haces esté mal, sino porque lo que evitas puede estar diciéndote algo importante.

Referencias

Döring, N., Mikhailova, V. & Mohseni, M.R. (2026). Prevalence of AI-Supported Sexual Activities Among Adults in Germany: Results from a National Online Survey. Archives of Sexual Behavior. https://doi.org/10.1007/s10508-025-03382-1

Marcotte, A. et al. (2021). Sextech Use as a Potential Mental Health Reprieve: The Role of Anxiety, Depression, and Loneliness in Seeking Sex Online. International Journal of Environmental Research and Public Health, 18(17), 8924. https://doi.org/10.3390/ijerph18178924

Reer, F. et al. (2021). A Longitudinal Study on Online Sexual Engagement, Victimization, and Psychosocial Well-Being. Frontiers in Psychology, 12. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.674072

Li, S. et al. (2024). Finding love in algorithms: deciphering the emotional contexts of close encounters with AI chatbots. Journal of Computer-Mediated Communication, 29(5). https://doi.org/10.1093/jcmc/zmae015

Babu, A. et al. (2025). Emotional AI and the rise of pseudo-intimacy: are we trading authenticity for algorithmic affection? Frontiers in Psychology, 16. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2025.1679324

Adewale, O. et al. (2025). From Virtual Companions to Forbidden Attractions: The Seductive Rise of Artificial Intelligence Love, Loneliness, and Intimacy. Journal of Technology in Behavioral Science. https://doi.org/10.1007/s41347-025-00549-4

Jocher, J.J. & Verwiebe, R. (2026). “Forever and Always, My Love”: Emotions in Human–AI Romantic Relationship Building and Breakup With Generative AI Chatbot Replika. Social Media + Society, 12(1). https://doi.org/10.1177/20563051251408917

Pearson, S. & Curtis, C. (2025). Erotic AI Chatbots Offer Research Opportunities for the Behavioral Sciences. Archives of Sexual Behavior, 54(3), 855-858. https://doi.org/10.1007/s10508-025-03085-7

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