Manifiesto sobre escribir con inteligencia artificial: la ansiedad por la pureza autoral
Un manifiesto sobre la legitimidad de escribir con inteligencia artificial: por qué la autoría nunca fue una esencia, y por qué la ansiedad por distinguir humanos de máquinas es un prejuicio, no una pregunta legítima.
Llegaste a este artículo. Empezaste a leerlo. Hasta aquí, perfecto. Ahora la pregunta incómoda: ¿quién lo escribió? ¿Yo, José, sentado en mi escritorio en Mérida con un café que ya se enfrió? ¿Yo dictándole a Alan, que es como se llama el modelo que uso? ¿O Alan directamente, después de que le pasara un esquema de cuatro líneas?.
Manifiesto sobre escribir con inteligencia artificial: la ansiedad por la pureza autoral
Llegaste a este artículo. Empezaste a leerlo. Hasta aquí, perfecto. Ahora la pregunta incómoda: ¿quién lo escribió? ¿Yo, José, sentado en mi escritorio en Mérida con un café que ya se enfrió? ¿Yo dictándole a Alan, que es como se llama el modelo que uso? ¿O Alan directamente, después de que le pasara un esquema de cuatro líneas?
No te lo voy a decir. Y no porque quiera hacerme el interesante, sino porque ese es exactamente el punto del manifiesto que vas a leer.
La etiqueta no te protege: te ahorra el trabajo de pensar.
Si la diferencia entre un texto humano y uno generado por IA fuera tan obvia como dicen, deberías haberla detectado en el primer párrafo. Sin advertencias, sin sellos, sin garantías. Y si no puedes detectarla, ¿qué sentido tiene exigir la etiqueta? La etiqueta no protege tu juicio: lo sustituye. Te dice de antemano qué tienes que sentir frente al texto. Esa, y no la IA, es la operación que merece desconfianza.
1. La paradoja del lector que ya no sabe
Imagina que mañana desaparecen todos los avisos. Ninguna plataforma vuelve a indicar si un texto fue escrito por una persona, por una máquina o por una combinación de las dos. Solo quedan los textos. ¿Leerías distinto? ¿Te emocionarías menos con un poema que te emocionó ayer si descubrieras hoy que lo escribió un modelo? ¿O te emocionarías exactamente lo mismo, y solo cambiaría tu manera de hablar del poema en una cena?
Sospecho que lo segundo. Y eso ya dice algo.
El experimento mental no es mío, en realidad lleva décadas circulando bajo otras formas. Pero ahora se vuelve urgente porque la asimetría es brutal: producir textos competentes es trivial, distinguirlos es casi imposible, y aun así seguimos comportándonos como si la distinción fuera la pregunta importante. No lo es. La pregunta importante es qué hacemos con los textos, no de dónde vinieron.
2. El pánico por la pureza
En febrero de 2023, Neil Clarke, editor de la revista de ciencia ficción Clarkesworld, anunció que tenía que cerrar las submissions. Le llegaba una avalancha de relatos generados por IA, en su mayoría malos, en su mayoría enviados por gente que ni siquiera había leído la revista. El sistema no daba abasto (Clarke, 2023). Es un caso real, con consecuencias reales: una revista que llevaba años pagando bien a autores emergentes tuvo que frenar su flujo de trabajo.
Dos años después, Authors Guild lanzó un sello de certificación “Human Authored” para que los lectores supieran qué libros habían sido escritos íntegramente por personas (Authors Guild, 2025). Mientras tanto, autoras como Jane Friedman, Kara Swisher o Rory Cellan-Jones descubrían que Amazon vendía libros falsos firmados con sus nombres, generados por IA, sin que nadie en la plataforma hubiera levantado una ceja.
Y en agosto de 2024, The New York Times publicó un experimento interesante: pidió a la novelista Curtis Sittenfeld y a ChatGPT que escribieran cada uno una historia corta de playa con las mismas instrucciones. Después invitó a los lectores a adivinar cuál era cuál (The New York Times, 2024). Los resultados, como puedes imaginar, no fueron heroicos para el orgullo humano.
Todo esto es real. Todo esto es preocupante en algún sentido. Y todo esto es completamente compatible con la tesis de este manifiesto.
Porque hay dos cosas distintas mezcladas. Una: la explotación económica, el fraude, la suplantación de identidad, la saturación de canales que ya estaban frágiles. Eso es un problema. Real, urgente, con víctimas concretas. La otra: la idea de que un texto generado por IA es, en su esencia, distinto de uno escrito por humanos, y por tanto necesita una etiqueta que avise. Eso no es un problema. Eso es un prejuicio con buena prensa.
No se trata de defender la avalancha de basura algorítmica que ahoga a editores como Clarke. Se trata de no confundir el problema de la basura con el problema de la autoría. Una cosa es regular el spam. Otra cosa es decidir que un texto bueno deja de serlo cuando sabes cómo se hizo.
3. La autoría nunca fue lo que creías
En 1967, Roland Barthes publicó un ensayo breve en la revista Aspen titulado “La muerte del autor”. La tesis es conocida pero merece recordarse: el significado de un texto no lo produce quien escribe, sino quien lee. El autor, como figura fundadora del sentido, es una invención moderna, ligada al individualismo burgués y al capitalismo editorial. Antes de eso, los textos circulaban con autorías difusas, colectivas, anónimas, mitológicas (Barthes, 1967).
Dos años después, Foucault dio una conferencia titulada “¿Qué es un autor?” donde refinó la idea. No basta con matar al autor, dijo. Hay que entender qué hace la función-autor en el discurso: organiza la circulación de los textos, los clasifica, los autoriza, los responsabiliza jurídicamente, los hace coleccionables. El autor no es la persona que escribió, es una función social que recae sobre ciertos textos y no sobre otros (Foucault, 1969).
Estos dos textos llevan más de cincuenta años. No los inventé yo para defender la IA. Estaban ahí antes de GPT, antes de internet, antes incluso de los procesadores de textos. Y dicen algo muy claro: la idea de que cada texto tiene un autor único, identificable, esencial, que es lo que le da valor, es una construcción histórica reciente. Bastante reciente, además.
La función-autor no describe una realidad: la produce. Cuando exiges saber quién escribió un texto antes de decidir si te gusta, no estás buscando información: estás aplicando un protocolo de validación social.
Ahora un caso que ilustra todo esto mejor que mil ensayos. En 1998, Gus Van Sant estrenó un remake plano por plano de la Psicosis de Hitchcock. Mismos encuadres, mismos tiempos, mismo guion, mismos movimientos de cámara. Lo que cambiaba era casi anecdótico: el color en lugar del blanco y negro, actores distintos, la acción trasladada a 1998, los arreglos de Bernard Herrmann reorquestados por Danny Elfman. La crítica lo destrozó. Lo calificaron de gesto vacío, de fotocopia, de provocación sin sentido.
Pero la pregunta que dejó flotando Van Sant es la que importa aquí: si todo es igual, ¿por qué no es lo mismo? Si los planos son idénticos, si la estructura es idéntica, si las réplicas son idénticas, ¿qué es eso que falta y que hace que la versión de 1998 no sea la Psycho de Hitchcock? La respuesta incómoda es que lo que falta no está en el texto fílmico: está fuera. Está en el aura, en la procedencia, en la firma. Está en la función-autor operando a toda máquina sobre dos objetos que, plano a plano, son intercambiables.
Con la IA, la pregunta se radicaliza. ¿Dónde se desplaza la función-autor cuando el texto fue generado por un modelo entrenado con millones de libros? ¿Hacia el usuario que escribió el prompt? ¿Hacia la empresa que entrenó el modelo? ¿Hacia los autores anónimos cuyas obras alimentaron el entrenamiento? ¿Hacia ninguna parte?
Floridi y Chiriatti (2020) lo plantearon con elegancia: GPT-3 produce textos sintácticamente impecables sin tener nada parecido a una intención semántica. Es un sistema de manipulación estadística de tokens. Y aun así, los textos que produce hacen cosas en sus lectores: los conmueven, los informan, los irritan. La función-autor sigue operando, pero ahora se ha vuelto opaca, distribuida, casi imposible de localizar.
Cuidado. No estoy usando a Barthes, a Foucault ni a Van Sant como coartada para legitimar cualquier práctica. Sigue siendo un fraude vender un libro a nombre de Jane Friedman cuando Jane Friedman no lo escribió. Sigue siendo explotación entrenar modelos con obras protegidas sin compensar a sus autores. Esos son problemas concretos, jurídicos, económicos. Pero son problemas de derechos y de mercado, no problemas ontológicos sobre la naturaleza del texto.
4. Prótesis autoral: lo que la IA realmente hace
Hace unas semanas estaba escribiendo un artículo sobre evitación experiencial. Tenía las ideas claras, las referencias localizadas, sabía exactamente qué quería decir. Pero no me arrancaba. Le pasé a Alan un esquema con seis puntos y le pedí que me lanzara un primer borrador. Me devolvió tres páginas. Tiré dos y media. La media página que sobrevivió no era mía, pero tampoco era suya: era el resultado de que él hubiera articulado algo que yo había pensado mal. Sobre esa media página construí el artículo final.
¿Quién lo escribió? La pregunta es mala. La pregunta correcta es: ¿qué se hizo posible gracias a esa colaboración que antes no lo era?
Freud, en El malestar en la cultura (1930), describió al ser humano como un “dios con prótesis”. Las herramientas, decía, son órganos auxiliares: el martillo extiende el puño, el telescopio extiende el ojo, la escritura extiende la memoria. El precio que pagamos por esa extensión es cierto malestar, cierta desconexión de lo “natural”. Pero el cuerpo humano sin prótesis es una abstracción que no existe: somos, desde hace milenios, animales protésicos.
Bernard Stiegler (1998) llevó esta idea más lejos. Toda memoria humana, sostenía, es ya una prótesis. No recordamos puramente con el cerebro: recordamos con libros, con calendarios, con fotografías, con archivos. Y Gilbert Simondon (1958), antes que ambos, había mostrado que los objetos técnicos coevolucionan con nosotros: no son simples herramientas que usamos, son entornos que nos modifican mientras los modificamos.
Llamo prótesis autoral a la función que cumple la IA cuando alguien la usa para escribir. No es una sustitución: el texto no aparece por arte de magia, hay alguien que decide el tema, el ángulo, el tono, qué dejar, qué tirar, qué reescribir. Tampoco es una simple ayuda neutra, como el corrector ortográfico: la prótesis autoral modifica lo que se puede pensar, no solo lo que se puede escribir. Como el bastón no sustituye la pierna, sino que cambia el modo en que la pierna camina, la IA no sustituye al autor: cambia el modo en que el autor escribe, y por tanto, el modo en que piensa.
Hay un ejemplo cinematográfico que ilumina bien este punto, y viene del lado opuesto al de Van Sant. Entre 1998 y 2009, el cineasta austríaco Gustav Deutsch realizó la trilogía Film ist., una obra construida íntegramente con material ajeno: películas científicas, educativas, didácticas, de feria, de archivos olvidados. Deutsch no ocultó nunca el origen del material. Lo declaró, lo montó, lo recombinó, lo puso en relación. Y el resultado no es un collage parasitario: es una obra sobre qué es el cine, hecha con cine que ya existía.
La operación de Deutsch es exactamente la misma operación que propone la prótesis autoral bien entendida. No se trata de fingir que el material que sale de la IA es tuyo. Se trata de tomar ese material, declararlo como tal en el marco general, y trabajarlo con criterio. Lo que define la autoría aquí no es el origen del material, sino el corte, el montaje, la decisión sobre qué sobrevive y qué se descarta. Deutsch firma sus películas. Y nadie le discute que lo haga, aunque cada fotograma sea de otro.
La diferencia entre Deutsch y un usuario perezoso de IA no está en el material. Está en la mirada que organiza el material. La prótesis autoral es eso: una mirada que se apoya en algo externo para llegar más lejos. El que no tiene mirada, sin IA tampoco escribía nada que valiera la pena leer.
Esto te puede gustar o no. Puede incomodarte. Es legítimo. Lo que no es legítimo es fingir que la escritura humana antes de la IA era un acto puro, sin mediación tecnológica, salido directamente del alma del autor. La pluma fue una prótesis. La imprenta fue una prótesis. El teclado fue una prótesis. El procesador de textos con autocorrección, sugerencias y revisión gramatical es una prótesis que llevamos usando treinta años sin que a nadie se le ocurriera poner un sello “Manually Spell-Checked” en sus libros.
La diferencia con la IA es de grado, no de naturaleza. Y los cambios de grado suficientemente grandes a veces parecen cambios de naturaleza. Pero parecer no es ser.
5. El experimento: tres modos, ninguna etiqueta
Aquí viene la parte personal, y la parte donde alguien va a enfadarse conmigo. Lo asumo. A partir de ahora, en joseferran.com voy a publicar tres tipos de artículos sin distinguir cuál es cuál.
Tipo uno: artículos generados al 100% por IA, a partir de un brief mío. Tipo dos: artículos esbozados por IA y revisados por mí, a veces de manera intensa, a veces casi sin cambios. Tipo tres: artículos escritos íntegramente por mí, sin ninguna intervención algorítmica más allá del corrector que ya viene en el editor.
No vas a saber cuál es cuál. No habrá iconos, ni etiquetas, ni colores distintos. Habrá un único aviso general, en la página “Sobre este blog”, explicando que esto es un experimento. Si crees que puedes adivinar, adivina. Si te equivocas, no pasa nada. Si aciertas, tampoco.
¿Es esto un engaño? No. Un engaño requiere ocultación. Aquí hay un aviso explícito y un proyecto declarado. Lo que hago no es engañarte sobre el origen de los textos: lo que hago es retirar la información sobre el origen para que tengas que enfrentarte al texto sin el atajo de la procedencia.
¿Es esto narcisismo intelectual? Puede ser. También lo asumo. Pero es una pregunta legítima: si retiramos la etiqueta, ¿qué queda del texto? ¿Sigue funcionando? ¿Te sigue interesando? ¿Vuelves al día siguiente?
Si la respuesta es sí, entonces la etiqueta nunca fue lo importante. Era una muleta cognitiva para decidir rápido si valía la pena prestar atención. Y las muletas cognitivas, en psicología lo sabemos bien, son útiles hasta que se vuelven la única manera de andar.
Hay un precedente muy ilustrativo de esto, y viene de la música. En 2012, Bob Dylan publicó Tempest, un disco que recibió acusaciones casi inmediatas de plagio: melodías de los Mississippi Sheiks, estructuras del blues clásico, líneas que parecían venir de Muddy Waters o de canciones tradicionales sin autor identificable. La acusación era técnicamente cierta. Dylan había usado material ajeno sin acreditación detallada.
Lo que la acusación no entendía es que el folk siempre funcionó así. La tradición folk, blues y country americana se construyó sobre temas anónimos que viajaban de boca en boca, se transformaban, se atribuían y reatribuían sin contabilidad estricta. Pedirle a Dylan una bibliografía exhaustiva de cada compás es pedirle que traicione la tradición de la que él mismo viene. La originalidad como propiedad individual exclusiva es un invento bastante reciente, alimentado por la industria editorial y discográfica, no por la práctica histórica de la música popular.
La crítica que se le hizo a Dylan en 2012 es, palabra por palabra, la misma crítica que se le hace ahora a quien escribe con IA: esto no es realmente tuyo, esto viene de otra parte, esto no es original. Y la respuesta que la tradición folk siempre tuvo es la misma respuesta que vale aquí: la originalidad no consiste en parir de la nada, consiste en hacer algo nuevo con lo que ya circula. Lo nuevo no es el material. Lo nuevo es la combinación, el momento, la voz que lo dice, el contexto en que aparece.
6. Manifiesto: desactivar la ansiedad por la pureza
Volvamos al principio. No se trata de defender la IA ni de atacarla. No se trata de decir que todo texto generado por máquina vale lo mismo que un texto trabajado durante meses por un humano. A veces vale más, a veces vale menos, casi siempre vale algo distinto. Se trata de preguntar qué valor le das a un texto cuando no depende de saber quién lo escribió.
Mi sospecha es que el valor está en lo que el texto te hace. En si te ayuda a pensar algo que no habías pensado. En si te emociona, te incomoda, te aclara una idea confusa, te da una palabra que te faltaba. Eso es independiente del origen. Siempre lo fue. Lo que pasa es que antes podíamos darnos el lujo de no notarlo, porque la procedencia humana de los textos era un supuesto invisible.
Ahora ya no podemos. Y eso es bueno. Nos obliga a hacer explícito lo que valoramos cuando leemos. Si lo que valoras es la prueba de que hubo sufrimiento humano detrás del texto, dilo. Es una postura legítima. Pero entonces lo que estás comprando no es el texto: es la garantía de sufrimiento. Y ese es un mercado distinto, regido por reglas distintas, que merece sus propios sellos y sus propias certificaciones. Authors Guild puede hacer un trabajo perfecto certificando ese mercado. Lo que no puede hacer es pretender que ese mercado agota la pregunta por el valor literario o intelectual de los textos.
Es como pedir un sello “Tomate cultivado a mano por agricultor europeo de menos de 1,85 metros”. Puedes preferirlo. Puedes pagar más por él. Pero el sabor del tomate, al final, lo decide tu boca.
Voy a ir más lejos, porque creo que la ansiedad por la pureza autoral no es solo un error intelectual: es un síntoma. En terapia, cuando alguien insiste compulsivamente en garantizar algo que no se puede garantizar, no estamos frente a un problema de información. Estamos frente a un problema de tolerancia a la incertidumbre. La pregunta “¿quién escribió esto?” funciona cada vez más como una pregunta-ansiolítico: la haces no porque la respuesta vaya a cambiar tu lectura, sino porque hacerla te calma. Te da la ilusión de control sobre un campo, el de la producción simbólica, que siempre fue más opaco y más colectivo de lo que la modernidad nos enseñó a creer.
Detrás de cada exigencia de pureza hay una incomodidad con la mezcla. Detrás de cada manifiesto humanista contra la IA hay un duelo no hecho por una idea de autor que nunca existió tal como la imaginamos. Y detrás de un sí siempre hay un no: cuando alguien dice sí al sello “Human Authored”, está diciendo no a aceptar que los textos que más le importan probablemente también nacieron de mezclas, préstamos, conversaciones y herramientas que el sello no contempla.
No se trata de renunciar a la responsabilidad. Se trata de localizarla donde está: en quien publica, en quien firma, en quien decide qué sale a circular. Yo firmo este texto. Si tiene errores, son míos. Si te ayuda, también. La pregunta sobre cuántos tokens vinieron de Alan y cuántos vinieron de mí es una pregunta de contabilidad, no una pregunta de autoría. La autoría es la decisión final. Lo demás es proceso.
Te dejo con la pregunta que abrió el artículo, pero ahora reformulada. No “¿quién escribió esto?”, sino: ¿qué te hizo quedarte hasta el final?
Si te quedaste, el texto funcionó. Y si funcionó, ya da igual de dónde venga.
Referencias
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Authors Guild. (2025, enero). Authors Guild launches Human Authored certification to help readers identify human-created books. https://authorsguild.org/news/authors-guild-launches-human-authored-certification-to-help-readers-identify-human-created-books/
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Barthes, R. (1967). La mort de l’auteur. Aspen, 5-6.
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Clarke, N. (2023, 20 de febrero). A concerning trend. Clarkesworld. https://neil-clarke.com/a-concerning-trend/
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Deutsch, G. (1998-2009). Film ist. [Trilogía cinematográfica]. Viena: Loop Media.
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Dylan, B. (2012). Tempest [Álbum]. Columbia Records.
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Floridi, L., & Chiriatti, M. (2020). GPT-3: Its nature, scope, limits, and consequences. Minds and Machines, 30, 681–694.
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Foucault, M. (1969). ¿Qué es un autor? Conferencia ante la Société Française de Philosophie.
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Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. Internationaler Psychoanalytischer Verlag.
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Simondon, G. (1958). Du mode d’existence des objets techniques. Aubier.
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Stiegler, B. (1998). Technics and time, 1: The fault of Epimetheus. Stanford University Press.
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The New York Times. (2024, 10 de agosto). Can you tell which beach read was written by A.I.? https://www.nytimes.com/interactive/2024/08/10/opinion/ai-short-story-writing.html
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Van Sant, G. (Director). (1998). Psycho [Película]. Universal Pictures.
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