La fatiga del acceso: cuando lo difícil ya no es conseguir, sino elegir
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que yo trabajaba para conseguir cosas. Lo digo así, en plural impreciso, porque la lista cambiaba según la edad, pero la estructura era siempre la misma: había un objeto que yo deseaba, había una distancia entre ese objeto y yo, y había un esfuerzo —dinero, tiempo, paciencia— que tenía que invertir para acortarla.
A los quince, esa distancia se medía en discos. Recuerdo perfectamente lo que costaba ahorrar para comprar un disco. No el precio en pesetas, que también, sino la sensación de espera, el ritual de entrar a la tienda y revisar los compartimentos, la negociación interna entre el que quería esto y el que quería aquello. Un disco era una decisión. Una decisión que tenía consecuencias, porque si lo elegías mal, te tocaba escucharlo igual durante meses, hasta que aparecía dinero para el siguiente.
A los veinte, la lista cambió. Eran libros, sobre todo, y cintas de vídeo —VHS primero, DVD después— que se conseguían en circuitos extraños. Películas que tardaban meses en llegar. Películas que, si conseguías una copia, sentías que eras parte de algo, aunque ese algo fuera solo «los que han visto esto». Walter Benjamin lo había anticipado en los años treinta, cuando observó que la reproducción técnica de la obra de arte hacía desaparecer eso que llamó su aura: ese aquí y ahora irrepetible que daba a un objeto su autoridad. Nosotros vivimos todavía dentro de un aura artesanal de la copia rara, del disco difícil. La distancia, paradójicamente, seguía produciendo aura. Y a los veinticinco, los treinta, ya era otra cosa: conocimientos, técnicas, habilidades. Aprender a programar. Aprender a hacer una web. Aprender idiomas. Aprender a escribir bien. Cada una de esas habilidades costaba años, libros caros, profesores, errores, comunidades a las que había que pertenecer.
Funcionaba, lo digo sin nostalgia, porque la escasez organizaba mi vida. Yo sabía qué quería porque sabía qué me faltaba. La carencia era un mapa.
Ahora abro el ordenador y todo está ahí. Spotify tiene los discos que perseguí durante una década. YouTube tiene las películas que tardaban meses en cruzar fronteras. Cualquier libro está en mi pantalla en treinta segundos. Las habilidades técnicas que me costaron años de estudio las hace una inteligencia artificial mejor que yo, más rápido que yo y, lo más humillante, sin quejarse. Lo que en su día era un patrimonio —saber montar una web, saber editar un vídeo, saber buscar información rara— se ha convertido en una commodity, en algo tan accesible y barato que casi avergüenza haberle dedicado tanta vida.
Y aquí aparece la pregunta que da origen a este artículo: ¿dónde pongo ahora mi energía? Si lo que antes me hacía sentir capaz y útil ya no escasea, ¿qué hago con la maquinaria de deseo y esfuerzo que llevo dentro? ¿Cómo se desea cuando la carencia desaparece?
La fatiga del acceso
Llamaré a esto la fatiga del acceso. Es la sensación específica, contemporánea, de tener delante todo lo que se podría desear y no saber qué hacer con ello. No es pereza. No es saturación informativa, aunque tenga que ver. Es algo más raro: es el cansancio de una máquina interior que estaba diseñada para perseguir y que, de pronto, se encuentra sin nada que perseguir, porque todo está a un clic.
Quien creció en escasez —y aquí me incluyo, y probablemente muchos de los que leen esto— tiene un sistema operativo construido alrededor de la idea de que conseguir es difícil. Toda la lógica del esfuerzo, del mérito, del aplazamiento de la gratificación, descansa sobre esa premisa. Te esfuerzas hoy para tener mañana. Renuncias a esto para conseguir aquello. Aprendes durante años para diferenciarte. El relato funciona mientras el mundo confirma que sí, que efectivamente, lo bueno cuesta.
¿Qué pasa cuando deja de costar? No pasa que seamos felices, eso es lo curioso. Pasa que entramos en una especie de parálisis suave, una falta de tono. Porque la máquina sigue ahí, queriendo perseguir, y no encuentra blanco. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describió bien este estado: ya no es el cansancio del que ha trabajado mucho, sino el del que no encuentra contra qué medirse, el del sujeto que se agota a sí mismo en un horizonte sin límites.
Sheena Iyengar y Mark Lepper hicieron en 2000 un experimento que ya es clásico, el famoso estudio de las mermeladas: cuando ofrecían a los compradores de un supermercado seis variedades para probar, una proporción significativa compraba. Cuando ofrecían veinticuatro, la atención inicial era mayor, pero la compra se desplomaba. Demasiada elección bloqueaba la decisión. Barry Schwartz lo amplió en La paradoja de la elección y le puso un nombre que ha hecho fortuna: choice overload, sobrecarga de elección.
Lo que estos trabajos describían en el plano del consumo —mermeladas, planes de pensiones, parejas en aplicaciones— se ha extendido hoy a la totalidad de la vida. No solo elegimos entre productos; elegimos entre carreras posibles, identidades posibles, formas de vivir posibles, ciudades posibles, intereses posibles. Y cada elección abre, por dentro, la pregunta sobre todas las demás. Eliges esto y, al hacerlo, renuncias a lo otro, y la renuncia pesa.
El reverso silencioso de la escasez
Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir, en Escasez (2013), mostraron algo incómodo: la escasez no solo es una situación material, es también un estado cognitivo que organiza la atención. Cuando no tienes suficiente —dinero, tiempo, comida—, tu mente se enfoca con una intensidad brutal en aquello que te falta. Es lo que llamaron «túnel»: pierdes capacidad para pensar en otras cosas, pero ganas una concentración feroz en lo único que importa.
La tesis del libro es que la escasez tiene un coste enorme, sí, pero también un subproducto raro: te quita el problema de elegir. Cuando casi no tienes, casi no decides. La vida se simplifica a la fuerza.
Lo opuesto a la escasez no es la felicidad. Es, con frecuencia, una forma específica de aturdimiento. Esto no es una defensa de la pobreza, evidentemente —sería obsceno—, sino una observación sobre cómo funciona el deseo cuando le retiras la presión que lo sostenía. Mi generación creció con la promesa de que llegaríamos a un sitio donde tendríamos más opciones, más libertad, más acceso. Hemos llegado. Y resulta que el sitio tiene su propia oscuridad. Alvin Toffler, en 1970, ya le había puesto nombre desde otro ángulo: el shock del futuro, esa sensación de quedar desbordado por el exceso de cambio y de oportunidad que la propia modernidad produce.
Una persona que de niña tenía tres juguetes los conocía bien. Una persona que tiene trescientos no conoce ninguno. Quien dispone de quince libros los lee. Quien dispone de quince mil los hojea. Cuando tienes acceso ilimitado a películas, paradójicamente ves menos películas enteras, porque el coste de abandonar una y empezar otra ha bajado a cero. La fricción —esa palabra que el diseño digital intenta eliminar a toda costa— era también lo que daba peso a las cosas.
De conseguir a elegir
La tesis que quiero defender es ésta: el esfuerzo no ha desaparecido, ha cambiado de sitio. Antes el esfuerzo estaba antes de tener el objeto —ahorrar, buscar, aprender—. Ahora el esfuerzo está después, o más exactamente, en lugar de tener el objeto: el esfuerzo es decidir qué merece la pena entre la inmensidad disponible.
El problema ya no es conseguir. Es elegir. Y elegir bien.
Esto suena banal hasta que uno lo piensa en serio. La capacidad de elegir bien no es innata, no se enseña en la escuela, no aparece en los currículums profesionales. Y sin embargo, en un mundo donde todo está disponible, es la habilidad que más diferencia a unas vidas de otras.
Conozco gente con acceso ilimitado a todo y vidas vacías. Conozco gente con muy poco que ha construido vidas densas. La diferencia no está en el acceso, está en el criterio. Saber qué leer entre los quince mil libros disponibles. Saber a qué dedicar dos horas un sábado por la tarde cuando hay catorce mil opciones de entretenimiento. Saber qué cinco personas merecen tu atención, de los miles de contactos posibles. Saber qué proyecto comenzar cuando podrías comenzar veinte.
Lo que vale —lo que diferencia, lo que produce vidas significativas— ya no es lo que sabes hacer, porque casi cualquier cosa la sabe hacer mejor una máquina o se puede aprender en YouTube. Lo que vale es el criterio con el que decides qué merece la pena hacer.
Y el criterio es justamente lo que no se puede descargar. No hay app para eso. No hay tutorial. El criterio se construye lentamente, a fuerza de equivocarse y notar cómo cae el error en el cuerpo, a fuerza de prestar atención a lo que uno hace y a lo que esto le devuelve, a fuerza de tener referentes —personas, libros, obras— a los que tomar como puntos de calibración.
Aquí aparece, por cierto, una explicación a una sensación que probablemente muchos comparten: la de que toda la experiencia acumulada durante años parece, de repente, no valer nada. Las técnicas concretas, no. Es cierto que muchas de las habilidades específicas que aprendimos se han comoditizado o automatizado. Pero hay algo más: hay un criterio sedimentado. Hay un saber sobre qué funciona y qué no, qué es bueno y qué es ruido, qué merece tiempo y qué es pérdida de tiempo. Eso no se ha comoditizado. Eso, en realidad, es lo único que escasea.
El lujo de la renuncia
Voy un paso más allá, y aquí entro en territorio más provocativo. Si la abundancia es la condición por defecto, entonces el verdadero lujo del siglo XXI no es el acceso, sino la renuncia.
Saber qué no leer. Qué no consumir. Qué no aprender. Qué relaciones no mantener. Qué oportunidades no perseguir.
La renuncia tiene mala prensa. Suena a represión, a frustración, a tradicionalismo. Pero estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de la capacidad activa, casi muscular, de decir no a casi todo para poder decir sí a algo concreto. En un mundo donde la presión por estar disponible para todo es constante —disponible a noticias, ofertas, contenidos, propuestas, mensajes—, mantener un espacio acotado es un ejercicio raro y costoso. Lo formulaba con elegancia E. F. Schumacher: «Hay dos maneras de tener suficiente: una es seguir acumulando más y más. La otra es desear menos.» En la primera vivimos por defecto; la segunda hay que aprenderla.
Erich Fromm escribió en 1976 Tener o ser, un libro que envejeció regular pero que tenía una intuición central acertada: hay un modo de existencia centrado en acumular —objetos, conocimientos, relaciones, certezas— y hay otro modo centrado en habitar, en estar presente, en construir sentido con lo poco que se atraviesa. Fromm lo planteaba como una crítica al consumismo de su época, y avisaba —con una frase que se ha vuelto incómodamente exacta— que en nuestra civilización de consumidores ricos «tejemos capullos alrededor de nosotros mismos y acabamos poseídos por nuestras posesiones». Hoy, cuando ya no hace falta acumular casi nada porque todo está accesible, su distinción adquiere una vigencia inesperada: el problema ya no es que tengamos demasiadas cosas, es que tenemos demasiado acceso a cosas, y eso nos impide, paradójicamente, ser con ninguna de ellas.
La persona que en lugar de ver veinte series ve una y la piensa, en lugar de leer veinte libros lee uno y lo subraya, en lugar de tener cincuenta proyectos tiene dos y los termina, no está renunciando: está eligiendo ser, en el sentido de Fromm. Está construyendo, a base de descartar, un perímetro habitable.
Esto va contra todo el espíritu de la época, que premia la disponibilidad permanente, la versatilidad infinita, la curiosidad sin foco. La renuncia consciente es una herejía silenciosa contra la lógica de la abundancia.
Voz contraria: objeciones honestas
Llegados aquí, debería darle la palabra a la voz que me discute por dentro. Porque todo lo que llevo escrito tiene puntos débiles, y prefiero señalarlos yo a que los señale otro con peor intención.
Primera objeción: esto suena a queja de privilegiado. Y es justo. Hablar de «fatiga del acceso» cuando hay gente que no tiene acceso a casi nada —ni a libros, ni a discos, ni a sanidad, ni a tiempo libre— es una conversación de clase media estable hacia arriba. Hay millones de personas para las que la escasez no es una experiencia perdida que organiza nostalgias, sino la realidad cotidiana. La tesis de este artículo, por tanto, solo tiene sentido aplicada a quien ya está dentro del territorio de la abundancia disponible. Que es mucha gente, sí, pero no toda. Conviene no olvidarlo.
Segunda objeción: ¿no estás idealizando la escasez? Quizá. Es fácil mirar atrás y encontrar densidad y sentido donde, en su momento, había también frustración, exclusión y privación. Quien creció esperando meses una película no recuerda solo el ritual: recuerda también la rabia de no poder verla. Mi argumento no es que la escasez fuera mejor, sino que organizaba —para bien y para mal— una forma de desear. Suprimirla no ha producido automáticamente felicidad. Eso es todo lo que digo. No es una invitación a la privación voluntaria ni una romantización del pasado. Es la constatación de que toda ventaja tiene su precio.
Quizá la pregunta relevante no es cómo gestionamos la abundancia —hay cien libros de productividad para eso— sino algo más incómodo: qué tipo de persona queremos ser en un mundo donde ya no hace falta perseguir nada.
Referencias
Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Itaca. (Obra original publicada en 1936).
Fromm, E. (1976). To have or to be? Harper and Row.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
Iyengar, S. S., & Lepper, M. R. (2000). When choice is demotivating: Can one desire too much of a good thing? Journal of Personality and Social Psychology, 79(6), 995–1006.
Mullainathan, S., & Shafir, E. (2013). Scarcity: Why having too little means so much. Henry Holt.
Scheibehenne, B., Greifeneder, R., & Todd, P. M. (2010). Can there ever be too many options? A meta-analytic review of choice overload. Journal of Consumer Research, 37(3), 409–425.
Schwartz, B. (2004). The paradox of choice: Why more is less. HarperCollins.
Shah, A. K., Mullainathan, S., & Shafir, E. (2012). Some consequences of having too little. Science, 338(6107), 682–685.
Toffler, A. (1970). Future shock. Random House.
Vohs, K. D., Baumeister, R. F., Schmeichel, B. J., Twenge, J. M., Nelson, N. M., & Tice, D. M. (2008). Making choices impairs subsequent self-control. Journal of Personality and Social Psychology, 94(5), 883–898.