José Ferrán Psicología, código y pedagogía
ensayo

La fragilidad que mueve

Un homenaje personal a Melinda Dillon y a Jillian Guiler, el personaje de Encuentros en la tercera fase que enseñó que la fragilidad no es el enemigo de la acción, sino su motor más silencioso.

10 min de lectura

Hubo un día de enero de 2023 en que la noticia apareció en una pantalla pequeña. Melinda Dillon había muerto. Y detrás de ese nombre volvió una cara: la de Jillian Guiler, la madre de _Encuentros en la tercera fase_. No la recordaba como actriz, sino como una mujer aterrada que buscaba a su hijo sin saber cómo. Este ensayo es un intento de entender por qué esa imagen — la de una madre sin recursos, sin poder, sin respuestas — se quedó en mí durante décadas. Y por qué creo que la fragilidad no es lo contrario de la fuerza, sino el lugar desde donde nos movemos cuando ya no podemos quedarnos quietos. Jillian Guiler no es la protagonista de la película, pero sostiene el centro afectivo: mientras Roy persigue una visión, ella persigue una ausencia. La comparación entre ambos revela dos formas opuestas de habitar lo desconocido.

La noticia que no sabía que esperaba

Hubo un día de enero de 2023 en que la noticia apareció en una pantalla pequeña. No recuerdo si fue el móvil, si fue una página abierta sin querer, si fue alguien que lo mencionó. Recuerdo el nombre: Melinda Dillon. Y recuerdo que tardé unos segundos en colocarlo. El nombre me sonaba, pero no terminaba de encajar con una cara.

Y entonces, sin avisar, llegó la cara. No la de Dillon en ninguna entrevista, ni la de Dillon mayor, ni la de Dillon recibiendo nada. Llegó la cara de Jillian Guiler. Una mujer en una cocina. Una mujer mirando por una ventana. Una mujer corriendo detrás de algo que no se puede alcanzar. Cerré la pantalla y me quedé un rato quieto. No sé explicarlo bien. Fue como si una habitación que llevaba años cerrada se abriera de golpe y yo me asomara a ver qué había dentro.

Lo que había dentro era un niño viendo una película. Y una mujer aterrada. Y la sensación de que esa mujer me había enseñado algo que yo no sabía que había aprendido.

Cuando murió Melinda Dillon, no volvió primero a mi memoria una actriz, ni una filmografía, ni siquiera una película completa. Volvió una imagen: una mujer aterrada buscando a su hijo. Volvió Jillian Guiler, el personaje que interpretaba en Encuentros en la tercera fase, y con ella regresó una emoción muy antigua, una de esas impresiones infantiles que uno no sabe nombrar en su momento, pero que quedan depositadas en algún lugar profundo de la imaginación.

La que sostiene el centro

Yo vi la película siendo muy niño. Durante años creí recordarla por lo evidente: los ovnis, la música de cinco notas, la montaña, la promesa del contacto con lo desconocido. Pero, al pensar en ella después de la muerte de Dillon, comprendí que la historia que realmente me había emocionado no era la del hombre fascinado por una llamada cósmica, sino la de esa madre a la que le arrebatan a su hijo y que se ve obligada a atravesar el espanto para recuperarlo. Atraviesa lo absolutamente desconocido. Atraviesa el dolor más perturbador. Atraviesa, sola, Estados Unidos.

Jillian Guiler no es la protagonista oficial de la película. Ese lugar suele concedérsele a Roy Neary, el personaje de Richard Dreyfuss, cuya obsesión lo conduce hacia la revelación final. Pero Jillian sostiene otra clase de centro: el centro afectivo. Roy busca comprender. Jillian busca a Barry. Roy sigue una visión, una forma, una montaña que aparece en su mente. Jillian sigue una ausencia. Esa diferencia lo cambia todo.

Pienso ahora en esa palabra: ausencia. Roy persigue algo que aparece. Jillian persigue algo que ha desaparecido. No es lo mismo correr hacia una luz que correr hacia un hueco. Lo primero tiene la forma de una promesa. Lo segundo tiene la forma de un agujero que se mueve y que hay que seguir aunque no se vea.

Cuando lo desconocido cruza la puerta

Si uno piensa en cómo empiezan las grandes historias, Jillian recibe también una llamada, pero no como promesa de conocimiento ni como invitación al misterio. Su llamada es un rapto. El mundo ordinario se rompe cuando lo desconocido entra en su casa y se lleva a su hijo. La cocina, la puerta, las ventanas, los juguetes, todo lo familiar queda invadido por una fuerza incomprensible. En muchas historias, el que sale tiene que atravesar el bosque, el mar o el desierto. En la historia de Jillian, lo que hay que atravesar está dentro de su propia casa.

Eso, visto por un niño, era profundamente perturbador. La casa dejaba de ser refugio. El mundo conocido ya no protegía. Pero en medio de esa irrupción de lo imposible había una figura que, aunque no entendía nada, no se detenía. Jillian no tenía armas, ni poder, ni información privilegiada, ni lenguaje para explicar lo que estaba ocurriendo. Tenía miedo. Tenía desconcierto. Tenía un hijo desaparecido. Y aun así avanzaba.

Quizá por eso fue una de las primeras heroínas de las que tuve noticia. No una heroína espectacular, invulnerable o victoriosa, sino alguien devastado que seguía moviéndose.

La fragilidad como motor

Y aquí hay algo que ahora veo y que entonces no podía ver. Jillian no es valiente. No hay una escena en la que decida ser valiente. No hay un momento en el que apriete los puños y diga «voy a hacerlo». Hay un hijo que no está. Y hay un cuerpo que se mueve porque no puede quedarse quieto. Eso no es coraje en el sentido en que se cuenta el coraje en otras películas. Es otra cosa. Es lo que pasa cuando lo que amas desaparece y tú sigues respirando y, por alguna razón, los pies se ponen delante uno del otro.

Creo que eso fue lo que vi sin saber que lo veía. Que la fragilidad no era lo contrario de la fuerza. Que no era un obstáculo que Jillian tuviera que vencer antes de poder actuar. Era el motor. Era desde donde salía todo. Sin el miedo, sin la herida, sin la rotura, no habría habido movimiento ninguno.

La comparación con Roy permite ver mejor esa diferencia. Roy vive lo desconocido como fascinación. Su viaje tiene algo de iluminación, de fuga, de abandono del mundo cotidiano. Jillian vive lo desconocido como herida. Él quiere llegar; ella necesita recuperar. Él es convocado por una visión; ella por un vínculo. La película parece estar hecha para Roy y su gran aventura metafísica. Pero quien sostiene todo desde dentro es Jillian. Y lo que ella sostiene no es una idea. Es a su hijo.

Lo que ve un niño, lo que confirma un adulto

Ahora, tantos años después, sé por qué esa imagen no se fue. No porque entendiera algo sobre el cine. No entendía nada sobre el cine. Tenía pocos años y veía una película que daba miedo y había una señora que me daba más pena que miedo, y eso era todo lo que sabía. Pero algo en mí registró una cosa que tardaría décadas en poder decir con palabras.

Lo que registré fue esto: que la fuerza más limpia que existe no viene del poder. Viene de la falta de poder. Viene de no tener nada y aun así moverse. Los héroes con armas, con capas, con planes, con frases preparadas, no me marcaron. Se me olvidaron casi todos. La que se quedó fue una mujer despeinada, sin recursos, que no sabía adónde iba y que iba igualmente.

No puedo decir que lo supiera entonces. Lo que puedo decir es que algo en mí lo reconoció. Como cuando se reconoce una cara antes de saber de qué. He visto después, en la vida, muchas Jillian. Gente a la que le pasa algo enorme y sigue. No porque sean fuertes en el sentido en que la palabra fuerte se usa habitualmente. Al contrario. Siguen porque están rotos y porque dentro de la rotura hay todavía algo que tira. Un hijo. Un nombre. Una promesa que se hizo a uno mismo y que no se puede romper sin romperse del todo.

Eso lo vi por primera vez en una pantalla, en una mujer que buscaba a su hijo. Y lo he ido viendo después, en otros sitios, en otras caras, en otras cocinas. Siempre con la misma forma. Siempre con la misma sorpresa.

Jillian en una cocina cualquiera

Pienso en una mujer que conocí hace tiempo, sentada a una mesa, removiendo un café que ya estaba frío. No lloraba. Hablaba de algo que le había pasado como quien describe el tiempo que hace fuera. Y sin embargo, en algún momento, levantó la vista y miró por encima de mi hombro, hacia la ventana, como si esperara ver entrar a alguien. Ese gesto. Ese mirar hacia una puerta por la que no va a entrar nadie. Eso es Jillian. No hace falta una nave en el cielo ni una casa temblando. Basta una cocina cualquiera y una mujer mirando hacia algo que ya no está.

Todos los que se parecen a Jillian tienen eso en común. No es la tristeza. No es siquiera el dolor, que también está. Es una manera de seguir presentes que parece imposible cuando uno los mira de cerca. Hacen la compra. Llaman por teléfono. Contestan cuando se les pregunta. Y por dentro están atravesando algo que no se ve. No piden compasión. No piden casi nada. Solo siguen ahí, haciendo gestos pequeños, como si los gestos pequeños fueran lo único que les queda y, a la vez, lo único que los sostiene. Y uno los mira y piensa: cómo puede ser. Cómo puede una persona estar tan rota y seguir poniendo la mesa.

Si aquella película no me hubiera enseñado a mirar así, creo que no habría sabido qué estaba viendo. Habría visto solo a una mujer cansada, o a un hombre callado, o a alguien que tarda en contestar. Pero algo en mí ya tenía la forma preparada. Ya sabía que detrás de una cara así puede haber un hijo que no está, o un nombre que no se puede decir, o una promesa rota. Jillian me dio, sin que yo lo supiera, una manera de reconocer a la gente. Una especie de lente. Y la lente sigue funcionando. Tantos años después, sigue funcionando.

El final que no cierra

El final también marca una diferencia esencial. Roy se va. Jillian recibe a Barry de vuelta. El viaje de Roy culmina en la partida hacia las estrellas, solo; el de Jillian, en la restitución del hijo perdido. Él accede a lo cósmico; ella recupera lo amado. Y esa recuperación no borra lo ocurrido. Jillian ha atravesado lo imposible y ya no pertenece del todo al mundo anterior. Pero hay algo en esa imagen que se queda: la de una madre que abraza a su hijo después de haberlo visto desaparecer. No es un final feliz al uso. Es un final que reconoce el coste. La fragilidad que la movió no se va con la llegada de Barry. Sigue ahí, transformada, sosteniéndolo todo.

Melinda Dillon murió en enero de 2023, a los 83 años. Vivió mucho después de aquella película. Hizo otras cosas, otras historias, otras vidas. Pero para mí, y supongo que para mucha gente, se quedó en una sola imagen. La de una mujer en una colina, con los ojos muy abiertos, mirando algo que no se puede mirar, y aun así sin apartar la vista.

No sé cuántas veces he vuelto a esa escena desde entonces. No muchas. No hace falta. La imagen no se desgasta con los años. Al contrario. Cuanto más sé de la vida, más entiendo a esa mujer que no entendía nada y aun así seguía. No hay película que enseñe eso mejor que una madre paralizada de miedo que no se queda quieta.

La imagen que no se retira

Jillian Guiler no existe. No existió nunca. Es un personaje en una película de hace casi cincuenta años. Pero la imagen sigue. Y no sigue porque la película sea una obra maestra, ni porque Spielberg sea quien es, ni porque el cine guarde lo que toca. Sigue por otra cosa. Sigue porque lo que esa mujer hace en pantalla es lo que muchos hacen cada día sin que nadie los filme. Avanzar sin saber. Avanzar rotos. Avanzar porque algo que aman está al otro lado y no hay otra opción.

La fragilidad que mueve no se retira. No se cura. No se supera. Se queda.

Y un día, cuando muere una actriz que casi habías olvidado, vuelve. Y entonces te das cuenta de que nunca se había ido. Que llevaba ahí todo el tiempo, debajo de otras cosas, esperando. No como un recuerdo. Como una forma de estar en el mundo que aprendiste sin saber que la estabas aprendiendo.

No sé si Melinda Dillon supo que había hecho eso. Una actriz hace su trabajo, se va a casa, y el personaje sigue viviendo en gente que ni siquiera sabe que lo lleva dentro. Ella rodó esas escenas en los años setenta, en un plató, con luces y cámaras y gente diciendo «corten». Pero la imagen que quedó no tiene nada de artificial. Tiene el peso de algo real, de algo que realmente duele, de alguien que realmente está perdido.

Por eso vuelve. Porque no es una escena de película. Es una escena de la vida que la película supo atrapar. Y mientras haya madres aterradas, o padres, o hijos, o gente que ama a otra gente y tiene miedo de perderla, Jillian Guiler no va a desaparecer del todo. Estará ahí. En alguna cocina. Mirando por la ventana.

Una mujer aterrada. Buscando a su hijo. Siguiendo.

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