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Cuando el entorno te da permiso

Una reflexión sobre cómo el ambiente moldea nuestras decisiones morales, desde la performance Cut Piece de Yoko Ono hasta la corrupción política, pasando por la serie Fargo.

13 min de lectura

No hace falta ser mala persona para hacer cosas terribles. Basta con estar en el entorno adecuado — o el inadecuado.

Ilustración editorial: Yoko Ono durante Cut Piece en Kioto, 1964, rodeada de tijeras y fragmentos de tela

Hay un momento, en la performance Cut Piece de Yoko Ono (1964), que merece ser contado. En Kioto, en el Yamaichi Concert Hall, Ono se sienta en el centro del escenario con un par de tijeras a su lado e invita al público a acercarse y cortar un trozo de su ropa. Lo que ocurre después es predecible y a la vez inquietante.

Los primeros asistentes se acercan con timidez. Cortan un pequeño fragmento del vestido negro, casi con disculpas. Pero conforme avanza la pieza, algo cambia. Los cortes son más grandes, más seguros. Las manos que sostienen las tijeras pierden el temblor. Hasta que alguien, ya sin ninguna vacilación, corta directamente la tela que cubre su torso. Ono permanece inmóvil, los brazos cruzados, la mirada perdida, ofreciendo su cuerpo como un lienzo donde el público va escribiendo, tijeretazo a tijeretazo, una verdad incómoda: el contexto da permiso.

El experimento moral que nos devuelve la mirada

Lo fascinante de Cut Piece no es la performance en sí, sino lo que revela sobre nosotros. Ninguna de esas personas llegó al concierto pensando “voy a cortar la ropa de una mujer en el escenario”. Llegaron como público respetuoso de una galería de arte. Pero el contexto — la artista sentada, las tijeras a disposición, la autorización implícita, el grupo — fue moldeando su comportamiento paso a paso.

El filósofo y crítico de arte Julia Bryan-Wilson (2003) analiza Cut Piece como una obra que “pone de manifiesto la complicidad del espectador en actos de agresión”. Pero más allá de la lectura feminista — que sin duda está ahí — hay una capa más sutil: la performance demuestra que las personas ordinarias pueden hacer cosas extraordinariamente dañinas cuando el entorno se lo permite.


Permiso contextual: el concepto que lo explica

Llamemos permiso contextual a esa sensación difusa, casi imperceptible, de que “aquí esto está bien”. No es una orden. No es una coacción. Es un permiso que se respira, que se contagia, que se va construyendo colectivamente sin que nadie lo haya firmado.

El psicólogo social Albert Bandura lo estudió durante décadas bajo el nombre de desenganche moral selectivo (Bandura, 1999, 2002). Su tesis es tan simple como perturbadora: la mayoría de las personas no cruzan de golpe la línea entre el bien y el mal. Lo que hacen es desplazarla gradualmente, justificando cada pequeño paso con argumentos que el entorno les proporciona.

Bandura identificó varios mecanismos que facilitan este proceso:

  • Justificación moral: “No es violencia, es arte” (o “es política”, o “es negocio”).
  • Desplazamiento de la responsabilidad: “Yo solo sigo instrucciones” / “Ella lo pidió”.
  • Difusión de la responsabilidad: “Si nadie lo para, es que no está tan mal”.
  • Deshumanización de la víctima: convertir al otro en un concepto, en un “público”, en un “oponente político”.
  • Atribución de la culpa: “Ellos se lo buscaron”.

¿Les suena? A mí también.


El pueblo que no quería ser violento

La serie Fargo (la primera temporada, la de 2014) tiene un personaje que debería estudiarse en las facultades de psicología. Lester Nygaard es, al principio, un hombre patético pero no malo. Un vendedor de seguros pusilánime, acosado por su mujer, ninguneado por su hermano, humillado por todos. No es un psicópata. No es un asesino. Es, sencillamente, un hombre débil en un entorno que le va diciendo, poco a poco, que la violencia es una opción legítima.

Primero es un accidente. Luego es defensa propia. Luego es conveniencia. Luego es — y aquí está el salto — la única forma que conoce de recuperar el control sobre su vida.

Lo que Fargo retrata con maestría es el proceso de erosión gradual de los límites morales. La investigadora Francesca Gino, junto a Max Bazerman (2009), llama a este fenómeno “resbalón moral” (moral slippage): las personas no se vuelven corruptas de repente, sino que van aceptando pequeñas transgresiones que, con el tiempo, redefinen lo que consideran aceptable.

Lester no despierta un día decidido a matar. Despierta un día un poco más dispuesto a justificar lo que ya ha hecho. Y esa es, precisamente, la diferencia que el entorno marca.


Los mecanismos del permiso contextual

La psicología social ha identificado varios procesos que explican cómo funciona este fenómeno:

1. La difusión de la responsabilidad

Cuando muchas personas actúan de la misma manera — cortando la ropa de Yoko Ono, evadiendo impuestos, insultando en redes sociales — la responsabilidad individual se diluye. Postmes y Spears (1998) demostraron que en contextos de grupo, las personas tienden a comportarse de forma más extrema de lo que lo harían individualmente, porque la responsabilidad se reparte.

El político que se rodea de otros políticos que también aceptan sobres. El ciudadano que ve que “todo el mundo” descarga contenido pirateado. El conductor que aparca en doble fila porque “lo hace todo el mundo”. Cada pequeña transgresión se vuelve invisible en la masa de las demás.

2. El efecto de arrastre (¿y si los demás lo hacen?)

Gino, Ayal y Ariely (2009) lo comprobaron en laboratorio: cuando las personas ven que otros se comportan de manera deshonesta — incluso cuando saben que está mal — aumentan significativamente su propia deshonestidad. No porque cambien sus valores, sino porque el entorno les dice que “la norma es otra”.

Aquí conectamos con la corrupción política como ecosistema. No se trata solo de que “los políticos son malos”. Se trata de que cuando la corrupción se normaliza, el propio sistema genera los mecanismos para perpetuarse. El nuevo concejal que llega al ayuntamiento con buenas intenciones descubre, poco a poco, que “aquí las cosas se hacen así”. Y si quiere sobrevivir, aprende a hacerlas así también.

3. El poder desinhibe

Dacher Keltner y sus colegas (2003) llevan años estudiando cómo el poder afecta al comportamiento moral. Su conclusión: el poder desinhibe las tendencias naturales de la persona. Si alguien tiene tendencias prosociales, el poder las amplifica. Si tiene tendencias egoístas, el poder las magnifica. Pero además, el poder reduce la capacidad de percibir las perspectivas ajenas.

El jefe que nunca escucha. El político que pierde el contacto con la calle. La persona que, desde su posición de influencia, deja de preguntarse “¿esto está bien?” y empieza a preguntarse “¿puedo salirme con la mía?“.

4. El contagio social de la deshonestidad

Eugen Dimant (2019) demostró en un metaanálisis que la deshonestidad es contagiosa en redes sociales y profesionales. No hace falta que nadie nos diga “sé deshonesto”. Basta con observar a otros serlo. El comportamiento ilegal o inmoral de quienes nos rodean normaliza la transgresión y reduce el coste psicológico de cometerla.


La fábrica social del permiso

El psicólogo social John Darley (1992) estudió cómo personas normales podían cometer atrocidades en contextos organizacionales. Su investigación sobre la burocracia del mal muestra que las estructuras organizativas pueden facilitar la violencia sin que nadie se sienta personalmente responsable.

No hace falta ir a campos de concentración o guerras para verlo. Lo vemos cada día en:

  • La corrupción política normalizada: no son “manzanas podridas”, es un sistema que premia ciertos comportamientos y castiga otros. El político que se niega a participar del sistema de intercambio de favores suele durar poco.
  • La glorificación de la vulgaridad en los medios: el entretenimiento que cosifica, que banaliza la violencia, que convierte el insulto en espectáculo. No es censura señalarlo; es constatar que lo que consumimos nos moldea.
  • El algoritmo como amplificador: las redes sociales no son neutrales. Su arquitectura premia la polarización, el escándalo, la confrontación. No porque haya una conspiración, sino porque es lo que genera más engagement. Y el engagement, en este contexto, es el nuevo permiso.

Y entonces, ¿qué hacemos?

No se trata de señalar con el dedo. Se trata de entender que la línea entre “persona buena” y “persona que hace cosas malas” es mucho más fina de lo que nos gusta pensar. Como dijo alguien con más sabiduría que yo: “No se trata de ser fuerte; se trata de no ponerse en situaciones donde la fuerza se pone a prueba.”

Si el entorno nos da permiso para ser crueles, codiciosos o indiferentes, la pregunta no es solo “¿soy buena persona?”. La pregunta es: ¿estoy en un entorno que me permite serlo?

Y aquí va lo más incómodo: los entornos no se heredan. Se construyen. Cada decisión que tomamos — qué consumimos, a quién votamos, qué normalizamos en nuestra conversación, qué permitimos en nuestro círculo — está contribuyendo a crear el permiso contextual de los demás.

El político que se enriquece ilícitamente no lo hace solo porque sea corrupto. Lo hace porque el contexto se lo permite. Y el contexto se lo permitimos todos, un poquito cada día, cuando miramos hacia otro lado, cuando decimos “total, es uno más”, cuando nos acostumbramos a lo que debería indignarnos.

Cut Piece termina cuando Yoko Ono se levanta y abandona el escenario, la ropa hecha jirones, el cuerpo expuesto. El público se queda con las tijeras en la mano y la incomodidad de haberse visto a sí mismo.

Quizá ese sea el primer paso: incomodarnos. Reconocer que el permiso contextual existe, que nos afecta, que estamos todos metidos en el barro. Y desde ahí, preguntarnos: ¿qué entorno estoy construyendo con mis decisiones? ¿A quién le estoy dando permiso con mi silencio?

Porque, al final, la pregunta no es si somos buena gente. La pregunta es si estamos dispuestos a cuidar los ambientes que habitamos y — más importante aún — los que habitan otros.


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